Martín Miguel Rubio

MARTÍN-MIGUEL RUBIO

Tienen razón sobrada nuestros monárquicos cuando achacan la decadencia brutal de esta monarquía a la falta voluntaria de conocimiento y observancia más estricta de las severas etiquetas que deben imperar en toda corte. Toda corte se degrada sin la asunción de la etiqueta por sus figurantes. Es la etiqueta la que defiende al Palacio Real de acabar siendo una Babilonia, como ya dijera el cortesano Barrenechea. El constante y aparentemente imparable proceso de vilificación de la Monarquía y sus nobilísimos aledaños familiares nos ha llevado al caso, casi literario, del Duque Empalmado. La procacidad y grosería de sus correos electrónicos nos recuerdan el ambiente borbónico de la corte de Luis XV, uno de los reyes borbones más malhablados que han existido, según la Duquesa Viuda de Orleáns, que ya es un premio muy alto el de ser primero en la procacidad verbal cuando se habla de la dinastía de los borbones. Si es verdad que las palabras tabernarias y prostibularias generan pensamientos viles y abyectos, tales pensamientos sin duda esclavizarán al sujeto con acciones vergonzosas e inconfesables, según cualquier manual básico de psicología. ¿Qué llegaremos a saber de los comportamientos sexuales del Duque Empalmado? ¿Será un fornicador compulsivo durante sus estancias baleáricas? En parte, tiene su lógica su propia autodenominación, siendo más exacta de lo que parece. ¿Cuál ha sido la hazaña del Sr. Urgangarín para ser Duque? Pues precisamente una hazaña que pertenece sólo a la índole generatriz, genetlíaca o genesíaca, a su capacidad de producir principitos. Ya decía el “Alejandro Magno” de Arriano, libro leído por toda la nobleza europea medieval, que son las propias hazañas, y no otra cosa fuera de ellas mismas, las que dan los verdaderos títulos nobiliarios. “Al esfuerzo de un hombre de espíritu noble no le asigno yo fin alguno que no sea el propio esfuerzo que nos lleva a las más hermosas hazañas” (Anábasis de Alejandro Magno, Libro V, 26, 1). Muy empalmado debe llegar a estar el Duque para recibir su ducado según la propia teoría alejandrina de la nobleza. En realidad, su autodefinición es exacta. ¿Se imaginan al Duque empalmado entre reumáticos cortesanos y copetudas damas? ¿Se imaginan el escándalo de la grey palaciega? A esta corte le falta su Ramón María del Valle Inclán, y también, cómo no, a Arniches.

Palma de Mallorca no debería haber quitado el nombre de la Rambla del Duque Empalmado, como suceso histórico real de la nobleza. Hay cosas que no conviene olvidar, y no es infame que epónimos empalmados etiqueten las calles de esta monarquía. También hay útiles barrios chinos en las ciudades.

Infantas las más queridas de España, acunadas por popular fervor, ¿cómo juntasteis vuestra azul prosapia/ con guapos arribistas de salón? ¿Así estimáis la devoción del pueblo que puso a sus barcos y a sus jardines vuestros rubios nombres de princesitas grabados con el oro del aprecio, más queridas sin duda que La Chata/ de aquel Madrid decente de otro tiempo? España entera demostró su amor/ cuando cual niñas de vuestros papás/ portabais en vuestros azules lazos/ la dulce esperanza de libertad. Siempre el pueblo defenderá el honor/ de la Majestad que trajo la paz, aunque su herencia la dilapidéis/ con trepas sin escrúpulos morales./ Es seguro que España os ama aún,/ recordando vuestro inocente porte,/ y pues que hay algún tiempo todavía / alejáos ya de vuestro consortes. Valiente amazona de diestra mano, / rubia marina del Mediterráneo,/ volved a los caballos y a los barcos. / Retornad a sudar la camiseta/ de ese vuestro alto histórico destino.

Todo es cieno en esta España cleptómana,/ en donde lo sano que queda sueña/ en honestos Cincinatos que eleven/ la moral pública socavada./ USA dio el nombre a una de sus ciudades,/ bellas hijas de la Revolución,/ capital del gran condado de Hamilton,/ junto a la ribera del río Ohio./ España a la Rambla del Duque Empalmado./ Cincinato pobre salvó el Estado./ Gobierno corrupto lo vilifica./ El pueblo no precisa salvadores,/ sólo justicia, pan y libertad.

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