Johann Sebastian Bach (I)

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ARMANDO MERINO.

Que la obra de de Johann Sebastian Bach es una de las cumbres más altas a la que ha llegado el hombre en la historia de la música, es un hecho que ya nadie pone en duda hoy en día. Sin embargo, su música y también su persona no gozaron de la fama de otros compositores de la misma época, que por el contrario, hoy en día son prácticamente desconocidos. Además, es bien conocido que su obra permaneció oculta, casi desconocida, durante casi un siglo, desde la muerte del compositor en 1750 hasta que Mendelssohn re-estrenó la Pasión según San Mateo en 1829, es decir, 79 años después de su muerte.

Es sabido que en Alemania la música instrumental a mediados y finales del siglo XVII se desarrolló más rápido y halló un terreno mejor abonado que en Francia, donde las disputas entre música vocal e instrumental permanecieron encendidas durante buena parte del siglo XVIII. Esta particularidad alemana propició la aparición de la figura del crítico musical, que en aquella época solía ser también músico, en concreto compositor, pero que probablemente por falta de talento u originalidad en sus composiciones se dedicaba a observar y analizar el trabajo de los demás.

Uno de los críticos más importantes de comienzos del siglo XVIII fue Johann Adolf Scheibe (1708-1776) quien en 1737 fundara la primera revista de crítica musical en lengua alemana: Der Critische Musikus, una publicación que en poco tiempo alcanzó notoriedad pues trató sobre todos los temas estéticos candentes del momento. E uno de los primeros fascículos de la revista, Scheibe escribió un ensayo sobre Bach en el que exponía de forma clara su dura crítica hacia el Kantor de la iglesia de Santo Tomás de Leipzig:

“Es un artista extraordinario, tanto si se sienta al clave como al órgano, yo no he dado con ningún músico que haya podido rivalizar con él. Este hombre se habría convertido en la maravilla de todas las naciones si se hubiera mostrado más ameno, si no hubiera sofocado la naturalidad de su música con un estilo tan ampuloso y si no la hubiera vuelto oscura con un arte demasiado grande. Con su labor maciza y pesada priva a sus piezas de belleza y armonía”.

Es evidente que el juicio de Scheibe es desproporcionado y riguroso en exceso, pues aun reconociendo su habilidad instrumental, niega que su música sea natural y melodiosa, tachándola, por el contrario, de artificiosa y ampulosa, de forma que hasta su prodigiosa capacidad técnica con el órgano y el clavicémbalo devienen solamente un afán de ir “contra la razón”.

En este escrito Scheibe no sólo se posiciona en contra del arte bachiano, sino que al hacerlo se posiciona a favor de la música instrumental que estaba entonces de moda: el estilo galante y coquetón representado en compositores como Graun, Hasse, Quantz o Mattheson, etc… hoy en día, en su mayoría, más o menos olvidados a pesar de que la fama de todos ellos fue muy superior a la del gran Bach.

El estilo contrapuntístico del compositor alemán le hizo parecer ante los ojos de sus contemporáneos – y de los que le sucedieron inmediatamente- como un músico anticuado y retrógrado, como el ejemplo más revelador de la prolijidad que en el arte genera el artificio contrario a la naturaleza y a la razón. El complejo desarrollo polifónico y contrapuntístico de las composiciones de Bach fue condenado por Scheibe, no en nombre del corazón y del sentimiento –como más tarde hiciera Rousseau-, sino en nombre de la razón. Bach, totalmente absorto en su trabajo jamás respondió al ataque de forma directa; sin embargo, pueda quizás considerarse como tal – no sólo a Scheibe, sino a toda la estética que ponía en primer plano las exigencias del agrado y de la gracia bajo el control de la razón-un pequeño apunte encontrado en uno de sus muchos cuadernos de ejercicios para sus alumnos: “la composición no debe tender a nada que no sea el honor de Dios y la recreación del espíritu”.

Lógicamente, no podía haber ningún entendimiento o mediación entre Bach y sus detractores, pues incluso sus defensores- como su amigo J.A Birnbaum- revelan una incomprensión y finalmente impotencia ante el indestructible arte de Bach. La polémica prosiguió durante cierto tiempo a través de la revista de Scheibe, si bien fue perdiendo poco a poco el interés inicial y derivó a otros temas.

Diez años después, en 1750, moría Bach, permaneciendo su música como símbolo del compromiso y la rectitud artística, sin compromisos, frente al gusto de su época, caracterizado por la sencillez del estilo galante, el sentimentalismo fácil y las melodías más o menos bellas acompañadas de armonías sencillas.

 

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Armando Merino
Músico y director de orquesta en la Sinfónica de Múnich (2009-11), así como director titular de la Filarmónica Infantil de Múnich (2011-2014)

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Sin duda Bach constituye un fenómeno extraordinario y no sólo en el campo musical. Se dice que bordea los límites de la capacidad humana. Es lógico que se tardase casi un siglo de evolución para que el público pudiera comprender toda la maravilla que representa. Por ello mismo sus coetáneos se atrevieron a criticarlo. Lo cierto es que hasta la fecha nadie ha podido superarlo y por ello sigue despertando devoción en mucha gente.