De la inutilidad lujosa

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MARTÍN MIGUEL RUBIO.

El año que termina ha sido horrible, agónico, tétrico, y los genios que nos gobiernan – ultraliberales sin la humanidad hamiltoniana, que consideran que el Estado es básicamente el concierto entre la Guardia Civil y los Registradores de la propiedad ( Rajoy dixit id in Oretanorum terra ) en un monismo ultraminimalista – anuncian sin rubor nuevos desastres económicos este año, overlapping disaster.

Los políticos españoles han evidenciado en la última década que no sirven para nada, excepto para robar ( 853 casos judiciales entre todas las provincias de España por meter mano en el cajón ) y devorar con hambre polifémica el Presupuesto. ¿Por qué no tendrán el pudor de hacerse el sepuko como último acto patriótico y dejan a la sociedad que hirieron casi mortalmente ( aún no entendemos que no esté en la cárcel José Luis Rodríguez Zapatero por su ignorancia criminal de la gestión pública, o los dirigentes bastardos que quieren separarse de España por la situación económica en que vivimos ) salvarse a sí misma? Porque no se puede pedir un acto de pudor a quienes no tienen vergüenza. Sería una especie de oxímoron ético. Sinvergüenza con conciencia o algo así. Un cementerio de políticos bien relleno, parodiando al gran Espronceda, es, desde luego, mi deseo más íntimo para el 2013.

La infinita y pavorosa incapacidad política demostrada por estos chulos de Estado analfabetos que padecemos en los últimos diez años ha llegado a hacerse efectivamente criminal. Guían la gran nave del Estado, por seguir con la imagen de Alceo, quienes no tienen siquiera el carné de patrón de yate.

Y es natural que el propio Rey reivindique hoy el papel de los políticos. Tiene olfato fino respecto a la mastodóntica inutilidad de los que tiene por debajo. Sabe que son campeones en la inutilidad, pero que le sostienen en su trono ebúrneo y ovidiano. Cuando hablaba de solidaridad, hablaba de la solidaridad de la Corona con la incapacidad ya vieja de la casta política. Pero también sabe que la prolongación de la Monarquía dependerá siempre de un mínimum de eficacia gubernamental y que por debajo de ese mínimum se encuentra la disolución del Régimen. Y Don Juan Carlos está preocupado porque sabe muy bien ( los conoce a todos ) que llevamos ya demasiados años por debajo de ese mínimum de eficacia.

Hemos aplaudido con calor desde esta misma columna las valientes y pudorosas medidas de María Dolores de Cospedal en relación con los recortes que su gobierno ha hecho a la clase política manchega relacionada directamente con las Cortes de Castilla-La Mancha ( el recorte bien entendido comienza por uno mismo ), pero de nada han servido, porque la voracidad de los políticos manchegos ha sabido soslayar el ennoblecedor recorte haciendo que los Ayuntamientos paguen con desvergüenza lo que las Cortes regionales quitaron por pudor social. Pues en este caso lo más importante no era ahorrar unos cuantos millones de euros – que está bien -, sino adecentar la turbia imagen de la clase política. No se puede ya esperar nada de esta patulea de ignorantes desaprensivos voraces, inútiles fardos de la Administración, sino que los dioses amigos de España los arranquen del palenque político.

Los creadores del primer gran país capitalista, los EEUU, supieron desde el primer momento la función lubricante que tenían los bancos en la actividad económica, pero jamás olvidaron qué tipos de personas eran los banqueros. Es así que todos los grandes presidentes americanos han sentido un sano odio y desprecio hacia la casta de los banqueros, a la vez que han defendido con celo la economía de libre mercado como el “mainspring” de su crecimiento y enriquecimiento. Más aún, John Adams y Thomas Jefferson consideraban que fomentar el libre mercado suponía un odio cerval a los banqueros. “Sois necesarios, pero, ojo, que sabemos que sois unos ladrones y estafadores, y podéis acabar en la cárcel”. Es curioso que del mayor país capitalista del mundo hayan salido los más brutales insultos e improperios contra los que practican la Banca de las mismas bocas de los Presidentes. Madison, Jefferson o Adams calificaron a los banqueros como “ladrones, estafadores, sanguijuelas, malnacidos y pervertidores del alma republicana y arcádica de América”. Y los siguieron insultando con desprecio James Monroe, Martin von Buren, Theodor Roosevelt, Woodrow Wilson, y otros muchos. ¿Cómo explicar esta aparente contradicción? Pues se explica por la llamada teoría de “los poderes implícitos”, nacida ya en el seno del primer gabinete de Washington. Esta teoría ha dotado siempre al gobierno americano de la posibilidad constitucional de instaurar cualquier tipo de poder o mecanismo que garantice el cumplimiento efectivo de los preceptos constitucionales y las enmiendas, o la realización de los mismos fines por los que se ha establecido el propio gobierno. Sin “los poderes implícitos”, los Estados Unidos habrían dado el espectáculo singular de una sociedad política sin soberanía o de un pueblo gobernado sin gobierno. Esto es, “los poderes implícitos” impiden, por ejemplo, que “allí” los gobiernos sean los mamporreros de los bancos y de sus delirios criminales de especulación, como parece que ha sucedido en España demasiadas veces.

Alexander Hamilton, el primer Secretario del Tesoro que tuviese los EEUU, había leído en el “De praeda militibus dividenda”, de Marco Porcio Catón, que “Fures privatorum in nervo atque in compedibus aetatem agunt, fures publici in auro atque purpura”. Que para los no latinistas, experimentadores de la LOGSE, periodistas no ansonianos y políticos quiere decir: “ Los ladrones de lo privado pasan su vida en la cárcel y con grilletes, los ladrones de lo público en el oro y el lujo”. Contra esta posibilidad luchó con todas sus fuerzas la Constitución Americana y los poderes implícitos que de ella han emergido, de suerte que el Gobierno fuera en principio hostil a los banqueros y haciendo que su Banco Central dependiese de capital privado, aunque sus libros sean leídos todos los días por funcionarios. Los poderes implícitos del Gobierno hacen imposible la corrupción en la Administración y llevan a la cárcel a los traidores a los intereses comunes del pueblo americano, o arrojan del cargo al propio Presidente de la República.

Pero desgraciadamente el Rey tiene razón. Efectivamente necesitamos la política y a los políticos para salir de esta situación. Quizás los dioses amigos provoquen en los cerebros de nuestros políticos un tumor fosforescente que pueda multiplicar por mil su curiosidad intelectual. Pues eso es lo único que nos podrá salvar, la curiosidad intelectual de nuestros políticos. No se trata de grandes estudios y carreras universitarias en sus curricula vitae, o de grandes títulos en las paredes de sus despachos, sino de una curiosidad intelectual incesante, acuciante, excitante, que les permita resolver los problemas nuevos de cada día. En ese tumor luminoso descansa nuestra esperanza.

También podríamos robar los cerebros de los grandes políticos extranjeros, como hicieron los EEUU con los planos de las maravillosas máquinas de la industria textil británica. Pero esto puede ser complicado. Pero,  efectivamente, robar cerebros de políticos extranjeros, sí, es otra posibilidad. Una posibilidad desesperada.

 

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