La crónica de un viaje a Turquía

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MARTÍN MIGUEL RUBIO.

Me levanto con aliento a cebolla y estómago maltratado. Sin tiempo para despedidas ya frías subo al Ave colocando con torpeza característica la maleta que espero no se extralimite de los veinte kilos. Día gris y desapacible. El Madrid ha perdido lamentablemente ante un ilusionado Betis. Y aunque en Cataluña Mas ha ganado con menos apoyo que en las anteriores elecciones, con todo, las fuerzas independentistas están ligeramente por encima de aquéllas que se sienten bien dentro de España. España encara un duro futuro de la peor manera; sin creer en ella misma. Pero no toso. Algo está bien.

El Ave nos mece delicadamente. Te hundes en un pequeño sueño histórico que repasa los líderes turcos, de Osmán I a Ataturk.  Trabajadores amables de la T1. Últimos actos políticos de Erdogán y Abdulah Gul. Erdogan es un islamista, pero un islamista moderno, que cree como Ataturk, el hombre providencial de la Turquía moderna, que la religión y el estado deben moverse sobre órbitas distintas. No obstante, como alcalde de Estambul estableció lugares distintos para hombres y mujeres. Estamos expectantes de lo que veremos en Konya sobre esta cuestión. Al fin y al cabo el feudo y bastión de Erdogán es Konya. Magnífico el aeropuerto de Estambul. Lo más moderno se mezcla con lo más tradicional. Entre el velo y los pantalones ceñidos. Entre la túnica de luto y embozamiento femenino, y elegantes zapatos de altísimos tacones. Bonitas orientales embellecidas por la moda occidental. Hermosa, armónica, exuberante mezcla de oriente y occidente. En la zona internacional de los aeropuertos se exhiben las bebidas alcohólicas, en tanto que en “el suelo turco” observamos una suave discreción, más para no molestar a la religión mayoritaria que para hacer difícil beber alcohol, que no lo es en ningún lugar de Turquía.

Los musulmanes me miran con simpatía como adivinando que soy por la pinta un pariente cercano suyo.

  • Salam Malekum.

  • Malecum Salam, but I am not an arabic man, not Turkish.

Cada clase de un centro público de secundaria tiene treinta alumnos con niños y niñas mezclados que todos los viernes cantan el Himno Nacional, compuesto por el gran poeta turco Mehmet Akif Ersoy. La bebida nacional es el rakl, una especie de anís fuerte que se rebaja con agua y que soportaban los fracasados riñones de ese gran  Charles de Gaulle que era Mustafá Kemal Ataturk, ídolo y fundamento de una gran república que ha convertido a Turquía en un país moderno y europeo a todos los efectos. En realidad siempre lo fue, como decían los Jóvenes Turcos de finales del siglo XIX. Turquía es europea, y no importa que algunos devotos musulmanes traten de oler los pelos de la fragante barba del Profeta custodiados en un cofre ebúrneo en la preciosa mezquita construida en honor de Mevlana, en la grandiosa ciudad de Konya.

La inversión que el gobierno turco realiza en el campo de la educación es de las más altas del mundo: se acerca al 20% del Presupuesto Nacional. Nos recibe con elegancia oriental y donaire moderno el máximo responsable de la educación en la región de Konya. Su bigote es inequívocamente turco, pero sus ademanes subrayadamente occidentales y su discurso políticamente correcto, esto es, casi inane. Tendrá futuro en la nomenclatura del régimen de Erdogan. Hay profesores que dan clases voluntarias a los alumnos los fines de semana pagadas como horas extra por el Estado. Por algo tendrá que ser que Turquía esté bastante por encima de España en el Informe Pisa. Tras el té, nos invita a hacernos una foto, y llama a su fotógrafo aúlico  que conoce perfectamente su perfil más bello. Los niños turcos conocen de España tres realidades que, colocadas de más a menos conocimiento, son las siguientes: Real Madrid, Barcelona y la brutal crisis económica de España que nos paraliza.

Magníficos sus ayran, suculentos el etliekmek y la kufya, amenizados en algunos restaurantes típicos por la penetrante ney, el alegre tef,  el rítmico kudüm, el desenfadado dawu y el melancólico y misterioso kanun, sobre los que la voz del aedo inspirado se levanta cantando hermosas leyendas de amor y patriotismo que afectan más el ánimo de los comensales que el propio rakl. Los hombres siguen llevando el tradicional takki en sus modestas y piadosas testas, y las niñas aprenden en sus centros escolares los tradicionales y hermosísimos bailes turcos.

Roma y la Grecia Helenística se encuentran omnipresentes, rotundas y pujantes en todas partes. Y es que cada vez amas más el latín y a la altiva Roma que te acompañan sin interrupción desde Irlanda hasta los Montes Tauro de Turquía, en que nacen el Tigris y el Éufrates, padres de la primera civilización y la Épica de Gilgamesh, que cuenta un diluvio similar al que aparecerá en el relato bíblico del Arca de Noé mucho más tarde. Mientras ves las esculturas romanas, las inscripciones y los magníficos sarcófagos de sublimes relieves sientes que estás todavía en casa, pero que más allá de los ríos civilizadores comienza el verdadero extranjero. El Museo arqueológico de Konya te brinda todos los placeres plásticos que Roma supo crear. La cacería del Jabalí de Calidón, rematado por el valiente Meleagro, contiene tal belleza que ni siquiera el Renacimiento de Donatello logra tal explosión de gracia. Y es sólo el lado de un sarcófago. Los Doce Trabajos de Hércules también nos sobrecogen. También el primer espíritu cristiano, con el sabor inconfundible de su propia estética, la encontramos en algunos monumentos funerarios, más acompañados de inscripciones griegas que latinas. Pero las tentadoras caderas de la figurita negra que representa a la diosa Istar nos pone nerviosos.

Cae la noche fría y húmeda sobre la mezquita de Mevlana y el mercado de la seda. Parejas embozadas de bellos contornos femeninos cruzan la plaza raudas y silenciosas. El muecín ha cantado la última plegaria a Dios desde la cúpula verde de la mezquita de Mevlana. El genial y elegante héroe de Galípoli, que consiguió vencer a todo un Imperio Británico y a un perezoso mariscal inglés, no ha podido vencer los arraigados prejuicios religiosos de su valiente pueblo. Pero el futuro para Turquía es prometedor, cuya tierra quizás sea el más grande archivo de estratos culturales. Se siente un revitalizador olor de impetuosos ríos trucheros que viene de las rocosas montañas que rodean la ciudad. La fragancia montaraz se mezcla con los refinados y milenarios olores de Oriente.

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