Wagner, icono de Hitler

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ARMANDO MERINO.

Que la obra del compositor nacido en Leipzig el 22 de Mayo de 1813 representa una de las cumbres de la historia de la música es un hecho que ya nadie pone en duda; sin embargo, la personalidad del autor, la monumentalidad de sus obras y los numerosos escritos que nos legó, siguen siendo fuente de polémicas y discusiones entre sus detractores y más fervientes defensores.

El aspecto más polémico de la vida de Richard Wagner es, sin duda, su antisemitismo declarado y la posterior utilización del mismo por Adolf Hitler en la construcción del movimiento nazi, convirtiéndose de esta manera el compositor sajón en un auténtico icono del movimiento nazi en general y de Adolf Hitler en particular. Pero, ¿de dónde viene esta idolatría? ¿Se trata sólo de simpatía por los temas y personajes de las óperas de Wagner o existen razones para afirmar que el compositor tiene una relación directa con la construcción de la ideología nazi?

Para poder responder a esta pregunta necesitamos, en primer lugar, poner en contexto la vida y obra del compositor sajón. Wagner fue una persona que en muy pocos años acumuló un poder muy importante en sus manos, convirtiéndose en el auténtico jefe de la vida musical alemana, todo lo que contaba con su beneplácito era estrenado con gran pompa y boato, sin embargo, aquellos compositores e intérpretes que no contaban con él, tuvieron grandes dificultades para poder hacerse lugar en aquel intenso mundo artístico germano. Un buen ejemplo de éste poder es el caso del compositor de Linz Anton Bruckner, gran admirador de Wagner, quien siempre quiso dedicar sus sinfonías al compositor sajón; sin embargo, no fue hasta la tercera de ellas que el Wagner aceptó que la obra le fuera dedicada.

Aún en vida de Félix Mendelssohn el poder de Wagner no fue tan grande, pues no debemos olvidar que el compositor judío era el director de orquesta con más prestigio de la época y cuya influencia en el por entonces mayor centro musical de Alemania, Leipzig, era indiscutible. El estilo de ambos compositores es muy diferente, mientras Mendelssohn era un compositor que miraba al mundo clásico, cuyos referentes compositivos eran Bach y Mozart, la música de Wagner miraba al futuro y se encuadraba dentro de los compositores modernos de la época –junto con su gran amigo Franz Liszt- que revolucionaron el lenguaje armónico y melódico, flexibilizaron las formas musicales y consagraron para siempre la música instrumental “pura”.

Fue precisamente en esta búsqueda de sonoridades y armonías distintas donde Wagner encontró su personalidad política, pues fue él quien creó la idea de una música y un teatro genuinamente alemanes, producto de la elevada cultura y sensibilidad de la recién estrenada nación alemana. Fue por este motivo, por el que en 1850- aun año después de la muerte de Mendelssohn, judío y en aquel momento su máximo rival-, el compositor sajón publicó un pequeño opúsculo titulado Das Judenthum in der Musik “el judaísmo en la música”. En él Wagner lanza fuertes críticas contra la música de los compositores judíos, especialmente contra Mendelssohn, Meyerbeer u Offenbach; además, no duda en calificar el arte de los creadores judíos como superficial, banal e incluso peligroso: “la influencia de los judíos en nuestra música tiene que ser combatida con éxito”. “El judío en sí mismo es artísticamente incapaz, pues ni su lengua, sus creencias y aun menos su canto poseen valor artístico ninguno”. “..Los judíos carecen de originalidad, pues aún dominando el oficio artesanal, el resultado es siempre decepcionante cuando no un fraude…”. Las duras críticas del compositor sajón se dirigen también a los poetas, siendo el célebre Heinrich Heine el objetivo de sus dardos: “…él fue la conciencia del judaísmo y el judaísmo es a su vez la mala conciencia de nuestra moderna civilización”.

Este opúsculo, publicado por primera vez en 1850- con pseudónimo- y después ampliado en 1869, esta vez ya escribiendo su nombre, no tuvo al inicio gran repercusión. Fue gracias a un grupo de amigos, profesores en la universidad de Leipzig, que el escrito comenzó a tener difusión en los círculos académicos y adquirir cierta notoriedad, que en este caso fue negativa, pues el texto recibió también duras críticas, destacando las realizadas por Joseph Engel o Gustav Freytag.

Es evidente que éste texto fue utilizado por Adolf Hitler y sus acólitos como la prueba definitiva que necesitaban para continuar la “lucha” que Wagner había comenzado a finales del siglo XIX contra el mundo judío. Si a ésta declaración antisemita, le añadimos la ideología nacionalista del compositor y la recuperación e invención de muchos personajes de la antigua mitología germánica, que sirvieron a Wagner de inspiración para todas sus óperas, tenemos el ídolo perfecto que Hitler y todo el nacionalsocialismo necesitaban para dar justificación intelectual a su barbarie.

El antisemitismo de Wagner no puede ser comparado, en ningún caso, con el del nazismo. En el caso del compositor sajón se trata de un movimiento estético y político que debe ser encuadrado con gran rigor en la construcción de la nación alemana, en la construcción del sentimiento patriótico que comenzó en aquellas décadas finales del siglo XIX. Debemos recalcar que el desastre de la Gran Guerra y los cambios políticos que trajo consigo aún no habían tenido lugar, si bien es cierto es que todo nacionalismo lleva como consecuencia al fascismo y al totalitarismo, como la Historia misma se ha encargado de demostrarnos. En ningún caso podemos observar beligerancia y mucho menos argumentos de supremacía racial en los escritos de Wagner. Aun menos en su música, que pertenece de forma indiscutible a ese selecto Olimpo de los grandes genios de la historia de la música.

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Armando Merino
Músico y director de orquesta en la Sinfónica de Múnich (2009-11), así como director titular de la Filarmónica Infantil de Múnich (2011-2014)

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