“¡MUERA EL REY FASCISTA!”

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PATRICIA SVERLO.

Aparte del tema sagrado de la unidad de España, Franco, con su “atado y bien atado” famoso, había dejado a Juan Carlos bien atado al trono de la jefatura del Estado.

Villaverde y su equipo de médicos habían hecho todo lo posible para mantenerlo con vida, obsesionados por el hecho de que no muriera antes del 26 y pudiera renovar el mandato de Alejandro Rodríguez Valcárcel, que expiraba aquel día, aunque fuera con un pie en la tumba. Pero no lo consiguieron. Murió en algún momento durante la noche del 20 de noviembre, aunque oficialmente se retrasó hasta dos cuartos de las seis de la madrugada para que los operativos militares que tenían que garantizar el orden público se pudieran organizar.

Tras hacerlo oficial, el ya rey de facto telefoneó a Torcuato Fernández Miranda: “Ha muerto. No te muevas de casa”. Al día siguiente, Arias Navarro leyó lloroso por televisión la despedida que había dejado preparada el Generalísimo, su testamento político. “Os pido que preservéis en la unidad y en la paz y que rodeéis al futuro rey de España, don Juan Carlos de Borbón, del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado”. Y en La Zarzuela se reunieron Juan Carlos y Torcuato con Sofía, Mondéjar y Armada.

Lo que le preocupaba más era preparar el discurso de coronación, que se celebraría dos días después, rodeado por un fuerte movimiento de oposición desde la izquierda, con un lema que decía: “¡Muera el rey fascista!”. Desde la prensa extranjera los líderes de izquierdas no habían podido hacer mucho más que seguir el torrente de euforia del pueblo por la muerte del dictador, y hasta Santiago Carrillo y Felipe González mantenían aún una falsa actitud de oposición a Juan Carlos, con declaraciones como ésta de Carrillo: “El príncipe es una marioneta que Franco mueve como quiere, un pobre hombre incapaz de toda dignidad y sentido político, un simplón que se ha metido hasta el cuello en una aventura que le costará cara. ¿Qué posibilidades tiene? A lo sumo, ser rey durante unos meses“. Un tiempo después, cuando en 1976 la periodista que le había entrevistado para El Europeo, Oriana Fallaci, recopiló sus trabajos de esta época en un libro, Carrillo le pidió que esta frase y otras igual de brillantes desaparecieran sin dejar rastro, cosa que la periodista cumplió.

Rey y Carrillo

En aquellos momentos todavía continuaba habiendo sectores de oposición a la monarquía desde la ortodoxia franquista, así como de los estudiantes falangistas del SEU (el sindicato estudiantil del Movimiento), que durante un tiempo siguieron insistiendo en su lema: “¡No queremos reyes idiotas!” Y en este entorno social, lo único verdaderamente importante era que la celebración del acto se llevara a término. Pero no estaba todo controlado. El Ejército había puesto en marcha inmediatamente la “Operación Lucero“, para encargarse de las cuestiones de orden público y seguridad hasta el entierro del Caudillo en el Valle de los Caídos, con los máximos honores, escoltando el cadáver un flamante nuevo rey. Y después se aplicó la “Operación Albada” para la fase de transmisión de poderes, también con medidas para garantizar el orden público, y para organizar el desfile militar y la ceremonia de coronación.

En las Cortes, el discurso de coronación del rey se interrumpió varias veces con ovaciones. Cuarenta segundos de aplausos con todo el hemiciclo en pie cuando hizo referencia a Franco. Cuarenta segundos más en la referencia a Gibraltar. Cuando habló del progreso económico, veinte segundos, y en la mención a su padre, apenas una docena de procuradores en pie consiguieron arrancar un aplauso de ocho a diez segundos. En un estilo retórico que después fue consolidando a lo largo de los años, con una ambigüedad rebuscada, repartió un poco para todo el mundo. Y también habló de la concordia nacional, de la integración de las diversas opiniones, de las libertades. “Una sociedad libre y moderna requiere la participación de todos en los foros de decisión, los medios de información , en los diversos niveles educativos y en el control de la riqueza nacional”, decía Torcuato por boca del nuevo monarca. En este punto, en cambio, en el hemiciclo hubo silencio. Todo el mundo estaba como en misa.

Pero en la calle no se le hizo ningún caso a aquel discurso. De hecho, se escuchó con más atención el que pronunció inmediatamente después Vicente Enrique y Tarancón, cardenal arzobispo de Madrid, en la misa de la coronación, que habló explícitamente de los “derechos humanos” y la “libertad”. El del rey no había aclarado nada, y los que tenían alguna duda sobre lo que pasaría tuvieron que esperar a que viajara a los Estados Unidos, en junio de 1976, donde le prepararon un speech un poco más directo para ser pronunciado en un acto ante el Congreso. Entonces habló de algo así como una reforma “que asegure el acceso ordenado al poder de las distintas alternativas de gobierno, según los deseos del pueblo libremente expresados”.

Era la primera señal de que habría algo parecido a una democracia. Pero, de todos modos, demostró inmediatamente que no sería lo que realmente se conoce por un sistema de libertades. Para ilustrar las informaciones sobre aquel viaje, Cambio 16, que acababa de aparecer, incluyó un dibujo de Dodot + Ortega (Joaquín Rodríguez Gan y Enrique Ortega), en la discreta página 11, en el que el rey salía vestido de frac y bailando claqué al estilo de Fred Astaire. Una inocente caricatura sin más fondo político que, sin embargo, el Gobierno presidido por Arias Navarro consideró tremendamente ofensiva. La revista fue secuestrada, se le abrió un expediente y finalmente sólo consiguió seguir abierta gracias a la presión de los artículos editoriales de publicaciones extranjeras, como Le Monde y el Washington Post, entre otros.Rey - Cambio 16

Con el título de “Rey de España”, Juan Carlos asumía, además, todo lo que corresponde a la Corona (confirmado más tarde como legítimo por la Constitución de 1978), que forma lo que tradicionalmente se denomina el “título grande de su majestad”, compuesto por: Majestad Católica; Rey de Castilla y León, de Aragón, de las Dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Menorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, del Algarve, de Algeciras, de Gibraltar, de las Islas Canarias, de las Indias Orientales y Occidentales, de las Islas y tierra firme del Mar Oceánico; archiduque de Austria; duque de Borgoña, de Brabante, de Milán, de Atenas y de Neopatria; conde de Habsburgo, 82 de Flandes, del Tirol, de Barcelona, de Goceano, y del Rosselló y la Cerdeña; señor de Vizcaya y de Molina; y marqués de Oristán.

Todo esto era Juan Carlos sin que su padre, que ya no se sabía si seguía siendo conde de Barcelona o no, hubiera abdicado. Naturalmente, Don Juan no fue a la coronación de su hijo. Continuó viviendo en Estoril y, a partir de 1975, cuando viajaba a Madrid por alguna razón, prefería alojarse en casas de amigos antes que en La Zarzuela. Sólo unos años más tarde, en 1982, se decidió a instalarse definitivamente en España, en una casa del barrio residencial de Puerta de Hierro, en la capital del Estado, que también llamó Giralda, aunque tuvo su residencia en Estoril durante un tiempo.

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