“SI ESTO ES ASÍ, YO DEJO DE LLAMARLE AL PRÍNCIPE SU ALTEZA Y A PARTIR DE HOY LE LLAMARÉ ‘SU BAJEZA’”

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PATRICIA SVERLO.

El mes de octubre de 1967, durante el transcurso de una cacería en la sierra de Cazorla, Franco se puso enfermo de manera repentina. Una lipotimia. Los mecanismos del Régimen actuaron inmediatamente para que la noticia no trascendiera, pero aun así Don Juan consiguió enterarse a través de un amigo inglés, un marino que estaba participando en la montería. Don Juan tuvo una visión de sí mismo con la corona puesta. Si Franco se moría de pronto, como había dicho Sainz Rodríguez, ésta era su oportunidad. Hacía falta moverse rápido y discretamente y pensó que lo mejor era telefonear a Antonio García Trevijano, que estaba en Madrid, para que hiciera las gestiones oportunas. Y, naturalmente, Trevijano las hizo. Una vez enterado del asunto, el primer paso fue entrar en contacto, a través de mediadores de la banca, con el director general de seguridad de Franco, el coronel Blanco, que se quedó un poco sorprendido de que Trevijano estuviera al tanto: “¿Quién más lo sabe?”, preguntó asustado. Intercambiaron datos y hablaron del tema. La verdad era que lo de Franco no había sido nada. Una falsa alarma.

Don Juan Conde de Barcelona reunion hotel Royal Lausana 1975 (Sainz Rodriguez, Peman y Anson)

Pero de todos modos pensaron que lo mejor era ponerse a trabajar sobre la hipótesis, de cara al futuro. “Y si a Franco le pasa algo algún día… ¿qué hacemos?, ¿cómo nos organizamos?” El plan de Trevijano consistía en mandar un avión militar a Lisboa que trajera a Don Juan para presidir los funerales. Si en vida a Franco no se le ocurría dar ningún paso hacia la vía sucesoria, tal y como estaban las cosas esto sería lo más lógico y lo más natural. Así le pareció también al coronel Blanco y, de este modo, el proyecto quedó establecido. Pero no solamente entre ellos dos. Como se puede suponer, no lo consultaron a Franco pero, en cambio, los meses siguientes sí que pusieron al tanto, a través de conversaciones secretas, a banqueros como Valls Taberner y Alfonso Escámez, mandos militares, representantes de la oposición, etc… Cuando Don Juan llegó a Madrid para el bautizo de Felipe, un año después, Trevijano le facilitó varios encuentros, algunos en su despacho de la plaza de Cristo Rey y otros en el mismo palacio de La Zarzuela, con Díez Alegría, con Escámez, con gente de Comisiones Obreras, con curas, con militantes de partidos clandestinos… De todo un poco.

Quien no intervino en absoluto fue el príncipe Juan Carlos. No se contó con él para nada, en principio porque los planes eran en gran medida secretos, pero también porque su participación, en caso de que los planes se llevaran a cabo, sería nula.

Con lo que no contaban era que Juan Carlos a aquellas horas ya estaba trabajando en sus propios proyectos, reclutando también a adeptos muy próximos al grupo de Don Juan. Incluso de dentro. El mismo Valls Taberner, no se sabe exactamente cuándo, se pasó del bando juanista al juancarlista. Ni que decir tiene que se ocupaba de la economía de Juan Carlos desde 1962, es decir, desde su boda con Sofía.

Pero como buen banquero, procuraba estar a bien con todo el mundo. A la vez que ayudaba a Trevijano a hacer las primeras gestiones para contactar con el coronel Blanco, también ayudaba a Pedro Sainz Rodríguez a conseguir un pasaporte especial para viajar a Madrid a entrevistarse en secreto con Juan Carlos y decirle que, si le proponían ser el sucesor, debía aceptarlo sin dudar.

 

El príncipe no tuvo fortuna del todo en algunos de los movimientos que hizo. Sobre todo, cuando se le acudió recurrir al mismo Trevijano para que en Estoril sondeara a alguien que no sabía si estaba con él o con su padre. El príncipe estaba dejando ver muy clara y transparentemente que había una diferencia de intereses entre los dos, precisamente delante de quien, pese a haber compartido tantas chicas en los tiempos de Zaragoza, estaba ciertamente con el conde. Trevijano fue a Estoril y rápidamente visitó a Don Juan para contárselo. Fue Sainz Rodríguez quien, cínicamente, se mostró más escandalizado por lo que oía. “Si esto es así, yo dejo de llamarle al príncipe su alteza y a partir de hoy le llamaré ‘su bajeza’”, dijo.

Pero Don Juan tampoco llegaba a hacer diana con sus iniciativas. En noviembre de 1968, los juanistas consiguieron colar, en la revista francesa Point de Vue, especializada en familias reales, una entrevista en la que el príncipe declaraba rotundamente: “Nunca aceptaré la Corona mientras mi padre siga vivo”. En realidad se trataba de una frase que Juan Carlos había pronunciado años antes, en otra entrevista realizada en 1965 y publicada en enero de 1966 en la revista norteamericana Times. Los adláteres de Don Juan pretendían que Juan Carlos se viera obligado a confirmarla. Pero no les salió bien. La conmoción que aquellas declaraciones causaron en el Pardo provocaron una reacción contraria en el príncipe. Tras múltiples desmentidos por parte de sus colaboradores más próximos (López Rodó, Mondéjar y Armada), él mismo pidió visitar Franco para explicarle la verdad de la historia. Franco le aconsejó que no rectificara: “Las familias reales no pueden discutir en la prensa. Hay que salir al paso indirectamente”. Se les ocurrió sacar rápidamente otra entrevista para la prensa española. Resultó tan brillante que hoy se pelean por tener la paternidad Manuel Fraga (que sostiene que ayudó a redactarla de manera definitiva), Gabriel Elorriaga, cabeza de su gabinete que después la llevó a La Zarzuela, donde el príncipe la aprobó y añadió dos líneas de propia mano, y Alfonso Armada (que dice que la escribió él mismo a partir de unas notas concisas que le había dado el príncipe). El caso es que el director de la Agencia EFE, Carlos Mendo, fue designado para firmar la entrevista y distribuirla a la prensa. La posición del príncipe quedaba clara: lo aceptaba todo y, si Franco le nombraba, sería sucesor a título de rey tras jurar los Principios del Movimiento Nacional y las Leyes Fundamentales. Se publicó en varias revistas y en el diario Pueblo, en portada y con grandes titulares: “Declaraciones a tumba abierta”. En La Zarzuela se recibieron más de 20.000 felicitaciones.

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