JUAN CARLOS RECLAMA A ARMADA COMO SECRETARIO Y BUSCAN APELLIDO PARA SOFIA

PATRICIA SVERLO.

En sustitución del malparado duque de Frías, se encargó de la dirección de la Casa del Príncipe el duque de Alburquerque, aunque siempre realizaba todas sus funciones extraoficialmente Nicolás Cotoner, el marqués de Mondéjar, que ocupó formalmente su puesto a partir de 1964. Casi al mismo tiempo, el propio príncipe reclamaba a Alfonso Armada para el cargo de secretario.

Los dos, Mondéjar y Armada, formaban un equipo de militares muy próximos afectivamente al príncipe desde los tiempos del palacio de Montellano, cuando Juan Carlos preparaba su ingreso en la Academia Militar de Zaragoza. Mondéjar había sido su profesor de equitación y se había ido convirtiendo, a falta de uno mejor, en un auténtico padre, a quien todos los días, cuando se incorporaba a trabajar con él, antes de nada le daba un beso. Armada con el tiempo llegó a ser uno de los mejores amigos de Sofía, con quien la afinidad ideológica y de carácter se manifestó desde el comienzo. A Franco le parecían bien los dos, porque eran buenos franquistas. Y a Don Juan también, porque además eran monárquicos. Una combinación nada infrecuente en aquel ambiente.

De manera que los dos apoyaron los nombramientos. A lo largo de la décadada de los sesenta, el príncipe visitaba a Franco una vez al mes como media, una o dos horas cada vez. Y, por otro lado, Franco estaba bien informado de todo lo que sucedía en La Zarzuela a través del personal de la casa, muy especialmente de Alfonso Armada, que no le escondía ninguna gestión ni ninguna visita.

Pero aunque aparentemente todo iba por el buen camino, de la pareja real nunca se pudo decir aquello de que fueron felices y comieron perdices. No hacía ni un año que estaban casados cuando en Atenas –nunca en España, naturalmente– la prensa comenzó a decir que no se llevaban bien y que era mucho más que probable que se separaran. Los rumores incluso llegaron al Parlamento griego, donde el diputado Elias Bredimas quiso saber qué pasaría con la dote de la princesa si se rompía el matrimonio.

Como las bodas, los hijos de la realeza son una cuestión de Estado. Y quizás por esto la primera persona a quien los príncipes anunciaron el primero embarazo de Sofía fue Laureano López Rodó. La infanta Helena nació el 20 de diciembre de 1963 en la clínica privada Nuestra Señora de Loreto, lo más lejos posible de la Seguridad Social. Pero pese a la enorme expectación que había despertado el acontecimiento, más en el círculo político que en el familiar, todo el entusiasmo se derrumbó de pronto. No solamente por el hecho de que fuese una niña. La recién llegada difícilmente podría ser considerada heredera alguna vez, con ley sálica o sin ella. Aun así, hubo celebraciones. Y para el bautizo, el 23 de diciembre, incluso vinieron de Estoril los condes de Barcelona, si bien no les dejaron entrar en Madrid y se alojaron en Algete, en la finca de Soto, del duque de Alburquerque.

Cuando tuvo lugar el segundo embarazo, los círculos políticos de los tecnócratas del Opus ya estaban escarmentados y, por lo general, el tema tuvo un tratamiento mucho menos entusiasta y más discreto por parte de la prensa, por si las moscas. Apenas hay información sobre el nacimiento de la segunda niña, Cristina, que siempre ha pasado bastante desapercibida, cosa que seguramente ha agradecido. Ésta sí que nació sana, pero se trataba de otra niña, por lo que el acontecimiento tampoco era para echar demasiados cohetes.

Cuando llegó el tercer embarazo, los príncipes ya estaban sinceramente preocupados. Sofía tenía miedo de que, por las dificultados que había tenido en los partos anteriores, no pudiera tener más hijos. Para acabarlo de rematar, el período de gestación estuvo rodeado de noticias tan malas para ellos como la pérdida del trono de su hermano Constantino de Grecia, que tuvo que huir con lo puesto a Roma, donde Juan Carlos tuvo el detalle de enviarle un poco de ropa suya para ir tirando.

La cuestión de la sucesión era más complicada de lo que nadie habría podido prever. No solamente habrían tenido que hacer que una mujer pudiera heredar el trono. Aparte de esto, hacía falta saltarse a la primera de las hijas, algo bastante complejo para unos pretendientes tan dudosos por sí mismos. Pero para su tranquilidad, en 1968 finalmente nació un niño, un pequeño príncipe.

El bautizo, el 7 de febrero, fue todo un acontecimiento social que requirió no sólo la presencia de los abuelos, sino también la de la ex-reina Victoria Eugenia, recibida en Madrid en olor de multitudes. Volvía después de haber salido apresuradamente el 15 de abril de 1931, para reencontrarse con un pueblo que la primera vez, el día que se casó con Alfonso XIII, la había recibido con un ramo de flores explosivo, brindado por Mateo Morral desde un balcón de la Calle Mayor. Pero desde entonces habían pasado muchas cosas, muchas muertes, y una película, Dónde vas Alfonso XII, producto de la propaganda monárquica para las masas que había conmovido al populacho, convenciéndole de que Victoria Eugenia, aunque no salía en la película, como personaje de aquel universo debía ser algo así como la “Sissí emperatriz” española. La Policía calculó que la habían salido a recibir 150.000 personas. Don Juan también notó el afecto de las masas franquistas en cada uno de los movimientos que hacía, en especial cuando visitó el Valle de los Caídos y se paró ante la tumba de José Antonio Primo de Rivera. Pero en la iglesia sólo Franco entró bajo palio.

Los hijos de Juan Carlos llevarían como segundo apellido por parte de madre “y Grecia”, a falta de uno mejor. La futura reina no tenía apellido. Quien se lo quiso buscar llegó a la conclusión de que tenía que corresponderse con la dinastía danesa, de la cual procedía la familia real griega, por lo que Sofía se apellidaría algo así como Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg. Pero el mismo Ministerio danés de Justicia emitió un comunicado en el que declaraba que no podían usar aquel nombre. Así pues, “y Grecia” fue el equivalente de “de Dios” en España para algunos casos.

 

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