O tempora, o mores!

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RAFAEL MARTÍN RIVERA.

«Primero había que hacer Cortes Constituyentes. Todos los políticos ansiaban que llegara el momento de brillar; de mostrar su arte de histriones. La gran batalla oratoria terminó con una Constitución ridícula, la número 13 de España. De esa Constitución no se pudo llevar a la práctica absolutamente nada. La cuestión era lucirse, charlar con luz y taquígrafos, según la medicina de don Antonio Maura. El parlamentarismo no ha demostrado más, sino que es un buen medio para los arribistas, para los ambiciosos que van a hacer su carrera. Con la gran batalla política y parlamentaria, vino lo que se llamó el enchufe y vimos a ministros, a subsecretarios y a diputados echándoselas de conquistadores en automóviles charolados, con cupletistas y camareras en restaurantes y cabarets, en una cachupinada continua. Estos Petronios de escalera de servicio no veían el interés del país sino el éxito, y para obtener el éxito ante el público, cualquier cosa puede venir bien. En España se dice, cuando en las corridas hay muertos y heridos, que hay hule. En un ambiente de sensacionalismo así es imposible que se haga nada serio. Se dicen las cosas más absurdas. Así un concejal socialista de Madrid ha asegurado que la prehistoria es una ciencia reaccionaria. Lo mismo ha podido decir que la geometría es comunista».

Estas palabras que bien podrían estar sacadas de la tercera de cualquier diario nacional de ayer o de antes de ayer, las dedicó Baroja, en su famoso “Una explicación” publicado en el Diario de Navarra, a los políticos de la Segunda República, justo cuando los españoles, en ese afán histórico de constante eón orsiano, hubieran decidido ya pasar a mayores, como siempre lo han hecho, al más puro estilo goyesco del brutal garrotazo.

Es ese afán tan español, tan nuestro, que corre por nuestras venas como el caciquismo y el caudillismo, en un esfuerzo continuo de destruir para construir, de segregar para unir, de arrancar para plantar. Renegar del pasado, de nuestras instituciones tradicionales, para aventurarnos en no se sabe qué quimeras futuras diferentes, distintas. España es un avatar de destrucción y construcción, nunca de reconstrucción, de renovación o mejora. Aborrecemos de lo mejor de nuestra esencia para ensalzar lo peor. Incapaces de integrar nuestras glorias y logros, nos empeñamos en echar las siete llaves al sepulcro del Cid –como defendiera Joaquín Costa– para erigir estatuas a traidores y criados. Nos enfangamos en nuestra autoproclama paleta de modernismo hortera, y confundimos cosmopolitismo con tascocracia.

Somos un país que gusta cambiar de banderas, escudos, himnos, nombres y calles en una siempre efímera pax. Desconocemos profundamente la esencia del primigenio concepto de revolutio romano «de volver hacia atrás; de pesar, repasar, examinar, referir, desenvolver; todo menos romper, menos deshacer; todo menos acabar con el pasado, porque ruedan los siglos: saecula revolvuntur» como tan bien explicara el eminente romanista Juan Iglesias.

Llevamos más de cien años regenerándonos, y no hemos hecho más que el canelo. «Éramos, para la mayoría, una excepción desagradable de la civilización europea. En las esferas oficiales de España reinaba por entonces la cuquería más refinada. Había una oligarquía de políticos, oligarquía de apetitos, de petulancia y, sobre todo, de vanidad, que miraba al Estado como a una finca» «…y los dos separatismos aparecidos en aquella época, el catalán y el vasco, por su egoísmo y su mezquindad no tenían atractivo más que para gente un poco baja», relataba también Baroja en 1924 en sus Divagaciones de autocrítica –hace casi noventa años, ¡ahí es nada!–, refiriéndose al ambiente político de la Restauración.

¡Cuánta actualidad hay en estas y en las anteriores palabras! Y bien podrían traerse aquí otras muchas de Unamuno, Azorín, Maeztu y Ortega –pongamos por caso–, y tantos otros preocupados por el eterno devenir de esta nación siempre barroca y agostada por pillastres y bellacos de todo pelaje, que no han parado de amamantarse de la patria hasta dejar secas sus ubres. ¡Ahí queda eso!

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