Dedicatoria

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ARMANDO MERINO

La tercera sinfonía, Eroica, Op. 55 de Ludwig van Beethoven (1770-1827) es una de las cumbres de la composición sinfónica en la Historia de la música. Una obra revolucionaria en todos sus aspectos: formal, melódico, armónico, rítmico, instrumental y estético y que le ocasionó al compositor de Bonn no pocos quebraderos de cabeza tanto en su concepción como en la posterior defensa frente al exigente público vienés de aquella época. Con una duración de aproximadamente 50 minutos es la obra sinfónica más larga y arriesgada compuesta hasta el momento en toda Europa.

Los antecedentes de su génesis se remontan al año 1801, cuando Beethoven concluyó la composición del ballet Las criaturas de Prometeo. Es sin duda alguna una obra menor del compositor que hoy en día apenas se interpreta y que forma parte de ésa colección de obras de Beethoven escritas por encargo para eventos institucionales y que el compositor escribía sin ninguna motivación, salvo la económica. No obstante, la obra tuvo un notable éxito de público, especialmente el último movimiento, que animó al compositor a utilizar el mismo material para la composición de las Variaciones y fuga para piano solo op. 35, conocidas hoy en día como las variaciones Eroica, pues como veremos más adelante, el tema utilizado es exactamente el mismo que el del cuarto movimiento de la célebre sinfonía. Este tema sencillo, jovial y despreocupado, con carácter de danza, acabó por convertirse en uno de sus predilectos, citándolo así en varios cuadernos de notas y de forma encubierta en posteriores obras.

Acto seguido, trabajó en el boceto de tres movimientos sinfónicos en Mi bemol mayor, la misma tonalidad de Las criaturas de Prometeo y las Variaciones op. 35. Llama la atención que en este boceto sinfónico estén tan solo reflejados tres movimientos y que no exista apunte ni anotación alguna acerca de un eventual cuarto movimiento. Este hecho indica claramente que la idea inicial de Beethoven fue siempre incluir el tema en Mi bemol mayor anteriormente citado como material principal del cuarto movimiento de la sinfonía.

Tras más de un año de dedicarse a otros proyectos, el compositor de Bonn volvió a trabajar en sus bocetos con gran intensidad a partir de junio de 1803, concluyendo su elaboración finales de ése mismo verano. Esta innovadora y en todos los aspectos revolucionaria pieza quedó por algún tiempo aparcada hasta que un año después, a comienzos de junio de 1804, comenzaron los primeros ensayos del material bajo el auspicio del por entonces mayor mecenas de Beethoven, el príncipe Franz Joseph von Lobkowitz (gran amante de la música y que también había sido mecenas de Joseph Haydn).

Como es de imaginar, los primeros ensayos de la obra fueron catastróficos, pues la dificultad de la obra es muy alta y, evidentemente, se trataba de un lenguaje nuevo al que casi nadie sabía cómo enfrentarse. Sin embargo, estos ensayos fueron muy bien utilizados por Beethoven para realizar importantes cambios en la partitura. El estreno definitivo de la obra tuvo lugar en 1805 en el Theater an der Wien de Viena ante un pequeño y selecto público que reaccionó de muy diferentes maneras ante la sinfonía: algunos reconocieron de inmediato que se trataba de una obra maestra sin parangón, para otros un burdo ejercicio armónico sin ningún valor artístico. Beethoven admitió que su tercera sinfonía poseía una grandeza y una extensión enormes y que ésa era su idea: “escribir la pieza instrumental más grandiosa jamás creada”. Es en este concepto, la grandiosidad, donde debemos ahora fijar nuestra atención.

En 1800 Napoleón Bonaparte y el ejército francés derrotaban a Austria en la Batalla de Marengo en el norte de Italia, forzando la retirada de las tropas austríacas del país. Este hecho fue visto por Beethoven con entusiasmo enorme, pues el compositor tenía en gran estima la figura del militar que francés, considerándolo un héroe incomparable así como un estandarte de la libertad. Esta admiración motivó que el compositor de Bonn dedicara en su tercera sinfonía a Napoleón Bonaparte. Dicha dedicatoria se encontraba en la portada del manuscrito de la pieza, desaparecido en la actualidad, tratándose tan solo de la versión italiana del nombre del general francés: Buonaparte.

Sin embargo, cuando Bonaparte fue declarado emperador de Francia en 1804 por el Papa Pío VII, el compositor enfureció de tal manera que en una carta a su amigo Ries declaró: “¿Es él también, entonces, un ser humano normal y corriente? A partir de ahora él también pisoteará los derechos humanos y escuchará sólo a su ambición, exaltándose a sí mismo por encima de los demás y convirtiéndose en un tirano”. La rabia que éste hecho provocó a Beethoven, que vio traicionada su ingenuidad política, le animó sin contemplaciones a arrancar ésa página que estaba dedicada a Buonaparte y a borrar su nombre de todas las copias que ya existían en aquel momento. Resulta fácil imaginar que la idea de grandiosidad que inspiró al compositor de Bonn para crear una obra maestra semejante, proviniera de su admiración por Bonaparte y también, porqué no admitirlo, del mito de Prometeo. Lo que sí podemos asegurar es que el alma y fuerza creadoras de Beethoven, mezcladas con esa ingenuidad política propia de tantos compositores, permanecieron intactas a pesar de los muchos giros sociales y políticos que habían todavía de producirse en Europa en los años venideros y que, lógicamente, también tuvieron una importante repercusión en el lenguaje Beethoveniano.

Finalmente la sinfonía fue dedicada al benefactor del músico, el príncipe Franz Joseph von Lobkowitz con el sobrenombre de Eroica y publicada finalmente en octubre de 1806.

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Armando Merino
Músico y director de orquesta en la Sinfónica de Múnich (2009-11), así como director titular de la Filarmónica Infantil de Múnich (2011-2014)

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