Una pintura redescubierta

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JAHEL SANZSALAZAR.

Al margen de otras pinturas de notable interés (como un Cupido muy rubeniano que merece un estudio detenido), en la pasada subasta de Dorotheum retuvo nuestra atención un lienzo con Jesús curando a los enfermos de autor desconocido [Fig. 1][1]. Pese al vacío en la autoría, y a lo particular de la representación (no muy del gusto del coleccionismo de nuestros días) su calidad no pasó inadvertida a la casa vienesa.

La composición está concebida en equilibrada geometría: cuatro diagonales articulan un rombo, con eje en la silueta de Jesús; y otras dos un aspa, con centro en la cabeza. Ésta es a su vez la cúspide de una pirámide, prolongada por la línea del brazo extendido hasta el enfermo en el primer plano a la izquierda y, al otro lado, por la cabeza de la mujer suplicante y la mano que sigue. Paralelo y en escorzo, un enfermo recostado en un lecho de paja dirige nuestra mirada en zig-zag hasta el fondo del escenario. Allí está el arco de una ciudad, con murallas afuera, junto a rocas y agua. De todos lados se encaminan los enfermos hacia Jesús: un tullido avanza con dificultad apoyado en su muleta, otro baja escaleras llevando un hombre a cuestas. El primer plano se inscribe en un círculo con movimiento helicoidal. Destacan los retorcidos cuerpos de los moribundos, con sus pétreas carnes mortecinas y sus jirones, así como las actitudes implorantes y estupefactas de los presentes. En contraste, la silueta del sanador reina estilizada y en elegante contraposto en el eje central, la mirada baja, el gesto humilde y compasivo, y un delicado nimbo sobre la cabeza. Todo está exquisitamente tratado, la técnica excelente, la obra en impecable estado de conservación.

 

 

No cabía duda de que se trataba de un buen pintor: con esto, pensamos que podía ser factible dar con su nombre. Se apuntaba en el catálogo como “Maestro Flamenco en torno a 1600”. La atención prestada a los objetos y la calidad de las cosas, los modelos, el colorido y la técnica desvelaban un manierista nórdico de la segunda mitad del siglo XVI con maneras adquiridas en Italia bajo la influencia de Correggio: la pintura rondaría las últimas décadas del siglo.

Un desliz advertimos en la identificación del tema, que se tomó por La resurrección de Lázaro, lógica confusión que podría extenderse a otros de los numerosos milagros sanadores de Jesús que relatan los evangelios. Pero se trata aquí del episodio que tiene lugar en Galilea durante su predicación. La escena se identifica bien por la cantidad de seres desdichados. Es Jesús curando a los enfermos, acto milagroso que se lee así en Mateo [4, 23-24]: “Y rodeó Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y corría su fama por toda la Siria; y le trajeron todos los que tenían mal: los tomados de diversas enfermedades y tormentos, y los endemoniados, y lunáticos, y paralíticos, y los sanó”. Esto responde a la pintura, pero hay discordancia en la introducción de cinco apóstoles, pues Mateo especifica que fueron cuatro los pescadores que en ese momento abandonaron sus redes para seguir a Jesús.

 

Fig. 02
Fig. 02

 

Falta también explicar la presencia, casi inadvertida, de un monje en posición orante en el ángulo izquierdo. Pensamos que debía tratarse de un retrato, y que el retratado debía ser el comanditario de la obra. Ningún atributo salvo su hábito, que lo asocia con la orden cisterciense. Podía tratarse de un monje blanco benedictino, o de un bernardino. Estas órdenes hicieron énfasis en las obras de misericordia. Nos pareció también posible que fuera alguno de sus santos más activos. A San Benito se le atribuyen varios milagros sanadores[2], y San Bernardo de Claraval, (aparte del conocido milagro en que recibe leche del seno de la Virgen) recibió también el don divino de la sanación, que le sirvió en numerosas curaciones de enfermos y moribundos (algunas de ellas conocidas en pintura). De hecho, la imagen de este monje no es ajena a la supuesta vera effigies de San Bernardo, ampliamente difundida. En cualquier caso, y sea quien fuere el monje de nuestro lienzo, se encuentra en contemplación mística de un asunto de la vida de Cristo para él muy ejemplar. Quizá el cuadro fuera encargo de algún miembro de la Iglesia con un sentimiento paralelo.

Establecidos  estos puntos de orientación, y con el fin de averiguar el autor de la pintura, nos sometimos a una premeditada búsqueda con desenlace feliz. En el Museo del Louvre hallamos el dibujo preparatorio de la composición [Fig. 2][3]. Procede de la colección de Saint Morys, donde se tenía adscrito a Bartholomeus Spranger[4]. Hoy figura, con dudas, como “atribuido” a Denis Calvaert (precisamente un flamenco que trabaja en Italia), y sin conocimiento del lienzo al que sirvió. La casi exacta correspondencia entre el dibujo y la pintura permitía afirmar la misma paternidad. Faltaba sólo corroborar que efectivamente era la del pintor propuesto. Cotejamos pues la pintura con otras seguras de su mano. Es idéntico el modelo del Cristo la Flagelación de la Pinacoteca de Bolonia [Fig. 3], una composición regida por las mismas directrices y con igual técnica.  La comparación es extensible a los Desposorios místicos de Santa Catalina de los Museos Capitolinos, firmada y fechada en 1590, así como a otras obras de su mano.

Se trataba pues de Denis Calvaert (h. 1540-1619), del flamenco que fundó la escuela boloñesa, del maestro de Guido Reni, de Domenichino, de Francesco Albani y de tantos otros, del pintor que tanto influyó en los Carracci, en Italia conocido como “Dionisio Fiammingo”.



[1] Lienzo, 146 x 88 cm, Old Master Paintings, Palais Dorotheum, 31.03.2009, nº 223 (como Maestro flamenco hacia 1600).

[2] E. De Certain, Les miracles de Saint Benoît, Paris, 1868

[3] Carbón, pluma, tinta ocre y aguada con realces de blanco, 319 x 225 mm. Procede de la colección Saint-Morys, anteriormente atribuido a B. Spranger. Paris, Département d’Arts Graphiques du Musée du Louvre [Inv. 20473, recto]

[4] Saint Morys, Inv. Nº 20473 /P625 [Cf. J. Labbé & L. Bicart-Sée, La collection Saint-Morys du Musée du Louvre (II). Repertoire des dessins, Paris, 1987, Cat. Nº 20473]

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Paco CorralizaJosé María Alonso Comentaristas mas recientes
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Jose María Alonso

Felicidades por el artículo, es de los que crea afición. Con semejante conocimiento de la pintura y olfato detectivesco debe ser un lujo asistir a una subasta asesorado por Jahel.

Paco Corraliza

Gracias, Jahel, por derramar en tu artículo la delicadeza que destila el cuadro.