Este viernes se jugará la final de la Copa del Rey de fútbol en el estadio madrileño Vicente Calderón entre el FC Barcelona y el Atletic de Bilbao, lo que ha desencadenado una agria polémica entre partidos nacionalistas catalanes, vascos y gallegos, que han anunciado una pitada de protesta al Príncipe Felipe. Este presidirá el encuentro y entregará la copa, pero la presidenta madrileña del PP, Esperanza Aguirre, sugiere suspender el partido o jugarlo a puerta cerrada si se escuchan abucheos al sonar el himno de España.

 

Aunque la Federación Española de Fútbol ha preparado 100.000 vatios de potencia para emitir el himno, lo que no logrará tapar del todo el esperado abucheo, Trevijano afirmó en Radio Libertad Constituyente que sería absurdo y pernicioso seguir las sugerencias de la presidenta madrileña: “produciría un efecto contrario al perseguido, pues aumentaría la antipatía y el odio hacia la Autoridad”.

 

“Cuantos más pitidos se escuchen en contra del rey, mejor, pues es la única forma de que el monarca se entere de que ya no es querido en España y que ya no es la solución, sino el problema. Entonces fue una solución artificial para dar continuidad al régimen franquista. Hoy sirve de acicate, ejemplo y paraguas a los desmanes de la clase política, lo que provoca a su vez que ésta extienda su corrupción a la casta económica, como ha ocurrido ahora con la familia Botín y su amnistía personalizada”.

 

El abogado recomendó la lectura de “Homo ludens”, libro del historiador holandés Johan Huizinga, que intuyó como tras el “Homo sapiens” y el “Homo faber”, el ser humano evoluciona hacia el “Homo ludens”, hombre que trabaja y que juega, como resume el filósofo español Eugenio D´Ors.

 

Es la cultura la que es lúdica y producto del juego. Las guerras se parecen al deporte y no al revés y desde la época griega de Píndaro, cantor de los héroes olímpicos, sabemos que las Olimpiadas marcaban los cuatro años  de los períodos históricos como hoy lo hacen los cuatro años de las Legislaturas en los políticos y parlamentarios. De ahí que ahora el fútbol absorba la enajenación política y sin importar que quienes se enfundan la camiseta y el escudo ya no sean originarios de la ciudad donde tiene su sede el club, sí representen en cambio la pasión lúdica y agonística de los ciudadanos. Estos sufrirán la injusticia política y no podrán decidir su futuro colectivamente, pero a cambio podrán exaltarse viendo ganar a su equipo de penalti injusto en el último minuto.

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