Retrato del consenso. Elecciones.

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 ¿A quién vas a votar para presidente, papá?”, dijo el hijo. “Bueno, en realidad no puedo votar a alguien en concreto, sólo elegir entre las listas que han hecho los candidatos”, dijo el padre.

  ¿Y por qué no votas a uno de los candidatos en lugar de votar esa lista?”, dijo el hijo. “Porque los candidatos sólo aparecen en la lista de la provincia donde está la capital”, dijo el padre.

 “Entonces, ¿al presidente lo eligen sólo los que viven en la provincia de la capital?”, dijo el hijo. “No exactamente. Lo que se elige en las elecciones son los diputados”, dijo el padre.

   Pues están todo el día hablando en la tele y en los periódicos de que vamos a elegir al presidente entre los candidatos de cada partido”, dijo el hijo. “Es una forma de hablar”, dijo el padre.

 “Será una forma de hablar, pero entonces es una forma de hablar diciendo mentiras”, dijo el hijo. “Es complicado”, dijo el padre.

  Pues explícamelo”, dijo el hijo. “Los votantes de cada provincia eligen a los diputados de esa provincia y, luego, todos ellos son los que eligen al presidente”, dijo el padre.

  ¿Y por qué no son los votantes los que eligen al presidente?”, dijo el hijo. “Porque los partidos no les dejan y los votantes son obligados a delegar esa misión en los diputados”, dijo el padre.

 “Pues dime por lo menos a qué diputado vas a votar”, dijo el hijo. “Es que no podemos votar a un diputado”, dijo el padre.

  ¿Cómo que no? No lo entiendo”, dijo el hijo. “A ver, que me estás mareando. En cada provincia se elige un número de diputados, que cambia en función de la población de cada provincia”, dijo el padre.

  ¡Aaaaah!, ahora lo comprendo. Si en una provincia se eligen cinco diputados, tienes que votar cinco veces, una por cada diputado”, dijo el hijo. “¡Jajaja!, ¡qué ocurrencias tienes! No es así. Si en esa provincia eligen cinco diputados, cada partido hace una lista de cinco candidatos y a esos es a los que se puede votar”, dijo el padre.

 ¿Y cómo se sabe a cuál de esos cinco estás votando?”, dijo el hijo. “No se vota a uno de ellos, votas a todos”, dijo el padre.

  ¿A todos? ¡Pero cada uno de ellos pensará una cosa distinta!”, dijo el hijo. “Bueno, da igual lo que piensen, lo que se vota es al partido. Ellos piensan lo que el partido les diga que piensen”, dijo el padre.

  Así que son dos elecciones. Una para ver quién va en esa lista y otra para ver quiénes de todas las listas van a ser diputados”, dijo el hijo. “No, las listas las hace cada partido por su cuenta”, dijo el padre.

  De esa forma tú no puedes elegir nada, los cinco diputados están elegidos de antemano”, dijo el hijo. “Antes hay que ver el porcentaje de votos de cada partido”, dijo el padre.

  ¡Ah!, que lo que se vota es el porcentaje de cada uno”, dijo el hijo. “Ahora lo has entendido. Según el porcentaje, a cada partido le tocan tantos diputados”, dijo el padre.

  Pues vaya chufla de elecciones”, dijo el hijo. “Y que lo digas, por eso no voto; y no lo haré hasta que pueda votar a nuestro diputado de nuestro distrito, a uno que me pueda encontrar por la calle y preguntarle por su gestión”, dijo el padre.

  ¿Qué es un distrito?”, dijo el hijo. “Es el sistema que hay en Francia, en Estados Unidos, en Inglaterra… Aquí también se utilizó en el siglo XIX y durante la II República”, dijo el padre.

  ¿Cómo es? ¿En ese distrito no ponen las listas?”, dijo el hijo. “No, es lo opuesto a las listas. Cada cierto número de habitantes se hace un distrito”, dijo el padre.

  ¿Cada cuántos?”, dijo el hijo. “Digamos que cada 100.000. Y los votantes de ese distrito eligen entre todos un diputado, sólo uno. Los partidos pueden presentar a sus candidatos, apoyarlos, pero no se vota al partido, sino a la persona que se presenta candidato por ese distrito”, dijo el padre.

  Pues así creía yo que era”, dijo el hijo. “Pues ya ves que por ahora no es así”, dijo el padre.

 Y si antes era así en España, ¿por qué ahora no?”, dijo el hijo. “Porque los partidos se han apropiado de nuestro derecho a intervenir en las decisiones políticas y se lo han quedado “, dijo el padre.

 No lo entiendo”, dijo el hijo. “Es muy sencillo: si somos los votantes los que elegimos, tenemos el poder de mandar a su casa a quien no nos guste o a quien se haya portado mal. Ese es el poder que nos han robado los partidos”, dijo el padre.

  Pero eso también pasa ahora. ¿O no?”, dijo el hijo. “Ojalá, pero no. Si un diputado hace algo que no nos gusta, lo lógico es no votarle. Pero si su partido lo vuelve a meter en su lista en las siguientes elecciones, el votante de ese partido no tiene posibilidad de mandarlo a su casa y lo vota porque es parte de la lista”, dijo el padre.

 Pues que no voten a nadie para decirle a su partido que el método es malo”, dijo el hijo. “Eso es lo que yo le digo a mis amigos, que no voten”, dijo el padre.

  Cuando sea mayor, yo tampoco votaré hasta que podamos votar a un diputado en un distrito”, dijo el hijo.

   Cuando por fin suceda, iremos juntos a votar, a nuestro diputado y al presidente del Gobierno, que también lo será de la República Constitucional, en elecciones separadas”, dijo el padre.

   Trato hecho, papá”, dijo el hijo. “Trato hecho”, dijo el padre.

Javier Torrox

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