Cartas de ultratumba (III) Al diputado Piñeiro

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Artículo aparecido originalmente en EL INDEPENDIENTE en Junio de 1989

De Tomás Paine al diputado Piñeiro

Ciudadano diputado:

Hace poco tiempo que resido en la democrática república de los inmortales, donde acabo de asumir la responsabilidad de dirigir el Departamento de Sentido Común, el menos burocrático de todos los que integran el Ministerio de Recursos Mentales. Durante un brevísimo periodo de dos siglos, este ministerio estuvo presidido por J. J. Rousseau. Pero las constantes quejas de los pragmáticos anglosajones y de los positivistas europeos provocaron la dimisión del ministro y la de todos sus directores generales, entre ellos la del todopoderoso Carlos Marx. Por votación directa de todos los ciudadanos de la República ha sido elegido titular de este importante ministerio el barón de Montesquieu, quien ha procurado, con mi designación, cerrar el paso a las exageradas aspiraciones del partido francés.

El caso es que el aristócrata Montesquieu está muy agradecido a España, y en especial a Sevilla, por haberle permitido descubrir el origen de la miseria de este pueblo en la quimera monetaria del comercio con las Indias, que aún perpetúa simbólicamente la Torre del Oro, y realmente el Banco de España. De este germen brotó luego “El espíritu de las leyes”, obra que goza de gran predicamento, como era de suponer, en esta República tan espiritual. Por este motivo el ministro me encomendó, como primer servicio, que regalase a los españoles, y en particular a los sevillanos, lo que a su juicio yo tengo en abundancia y ellos más necesitan: sentido común. Este capricho del poder me pareció un despropósito que contrariaba, además, mi vehemente deseo de impedir a tiempo que la introducción de las libertades en los sistemas socialistas burocráticos, conduzca a una reconstitución liberal de las oligarquías. Consideré absurdo regalar sentido común a unos políticos, como los españoles, que habían sido capaces de concebir y organizar un pragmatismo que ningún anglosajón pudo siquiera imaginar: convertir la abstracta metafísica de la voluntad general y de la soberanía popular en concreto y lucrativo negocio personal. Incluso insinué a Montesquieu que no merecían tal donación por la ingratitud del clan sevillano, que le había injuriado con la mayor de las ofensas que cabe inferir a un inmortal.

Pero todo fue inútil. En cuanto comenzó a hablar la superioridad mental, única autoridad que aquí reconocemos, tuve que inclinarme. El clima de Sevilla disculpaba la ofensa del clan sevillano. Las distintas circunstancias de la reforma constitucional inglesa y de la independencia americana, con relación a las de la Revolución Francesa, explicaban el empleo de la metafísica, en lugar del sentido común, en las constituciones latinas. Aunque, si he de decir la verdad, sólo la última razón fue para mí decisiva: Hungría y otros países del Este están mirando como modelo la transición española, a pesar de su fracasada exportación a Brasil y Argentina.

Obedeciendo, pues, a mi superior, que me despidió diciendo no olvides que “democracia es amor a la igualdad”, acabo de llegar a este pequeño lugar, que vosotros llamáis “este país” y nosotros España, con la esperanza de introducir un poco de sentido común en vuestras raras costumbres políticas, y de impedir que vuestro comportamiento político pueda servir de norma de conducta universal. Sobre este último aspecto tengo la suerte de contar con el apoyo de Kant, que me ha procurado valiosos informes sobre el origen de la incapacidad de los españoles para entender su imperativo categórico, y sobre la causa del prestigio internacional del modelo de transición, que sólo es una cuestión de propaganda de las potencias (aquí seguimos llamando así a los arcaicos Estados nacionales europeos) que se lo han impuesto a España. Especialmente Alemania no soportaba la idea de que un pueblo europeo lograra desembarazarse del totalitarismo sin intervención de fuerzas armadas extranjeras, y pudiera negociar desde esa situación de superioridad moral su entrada en el Mercado Común. Tanto repugna a Kant la fórmula del consenso entre totalitarios y demócratas, impuesta por Willy Brandt, Helmud Schmidt y Henry Kissinger a sus homologables alumnos españoles, que piensa vetarlos cuando soliciten su ingreso en nuestra República. La influencia de Kant sigue siendo tan grande en estas cuestiones morales que mucho me temo ver a estos tres políticos vagando eternamente como almas en pena en pos de la gloria sin poder entrar jamás en ella.

Te ruego, diputado Piñeiro, que disculpes la intromisión de este espíritu desconocido, debida no más (no puedo evitar el uso de este gracioso giro de idioma que aprendí de Miranda) a mi mandato imperativo de aclarar el “caso Piñeiro”, que trasciende a tu persona. Por cierto, antes de salir de mi República solicité consejo al asesor de asuntos hispanos, el inmortal Ortega, a quien no pude sonsacar más que un enigmático “no es esto”, “no es esto”. Con tan escasa ayuda sólo puedo confiar en mi sentido común para enfocar correctamente el complejo problema que has planteado a tus compatriotas.

En primer lugar, políticos, periodistas e intelectuales, te culpan de haber arruinado, con tu apropiación de la soberanía popular, a la clase política y al sistema que vosotros llamáis democrático, pero que en mi República no lo consideramos así. Tu respuesta a esta acusación debe ser la misma que da mi jefe Montesquieu a quienes explican la Historia por anécdotas: “Si el azar de una traición personal, es decir, una causa particular, arruina a un sistema político, existe una causa general que hace que el sistema deba perecer con una sola traición personal”.
El Presidente de vuestro Gobierno mortal ha tenido que reconocer públicamente que la Constitución ampara y protege tu apropiación de la soberanía popular, es decir, ha reconocido que una causa general piñeirista debe necesariamente producir piñeirismo como efecto. Tú no eres causa de nada. Sólo eres efecto de la Constitución que te ha engendrado. Quien no quiera el efecto, que suprima la causa. Mientras la Constitución no cambie, tú no tienes que cambiar. Este es nuestro sentido común.

En segundo lugar, la acusación lanzada contra ti es falsa. Los mortales tenéis una sentencia de justicia popular, que aquí usamos mucho para perdonar eternamente a los plagiarios de segunda mano, según la cual el ladrón de un ladrón tiene cien años de perdón. Tú no has podido robar soberanía a quien no la tiene. Cuando está prohibido el mandato imperativo de los electores, como dice vuestra Constitución, y cuando la votación se hace por el sistema de listas, abiertas o cerradas, como dice vuestra ley electoral, la soberanía reside en los dirigentes de los partidos políticos, que con estos mecanismos tecnológicos la usurpan a los electores. Tú has robado soberanía a un partido de derechas para venderla a otro partido de derechas. El elector ni gana ni pierde. Estaba usurpado y sigue usurpado. Esto es para nosotros sentido común.

El Presidente de vuestro Gobierno mortal engaña a los electores al decir que de ellos depende, no votando en las próximas elecciones a Piñeiro, acabar con el piñeirismo. No es verdad. Con vuestra Constitución y con vuestra ley electoral habrá siempre compraventa de escaños porque es de sentido común que así sea. Vuestro antiguo caciquismo compraba a los electores. El moderno, mucho más eficaz, compra a los elegidos. Esta es la diferencia entre vuestras antiguas instituciones liberales y vuestra actual posmodernidad neoliberal.

Pero en tu caso personal concurre una circunstancia que justifica por sí sola mi intervención y tu probable absolución. Sólo el azar te ha colocado en la rara y excepcional situación de poder identificarte como el diputado “más uno” (+1) que da la mayoría en caso de empate, es decir, que da la soberanía. Desde el momento en que te identificas como el diputado “más uno” te ha pasado lo mismo que a todos los que, por cualquier razón humana o divina, se han encontrado investidos de soberanía: te has sentido soberano. Como tal, puedes darle el poder a uno u otro partido y, siendo la soberanía una e indivisible, también puedes quedarte con ella. Toda la clase política y todo el sistema constitucional descansan sobre la misma opinión que tú tienes de ti mismo y de la soberanía. Por ello te digo que si has arruinado a la clase política y al sistema constitucional es porque ambos son, como tú, víctimas de Rousseau y verdugos de electores. Es de sentido común que un sistema así concebido se desmorone tanto más de prisa cuanto más perfeccione su funcionamiento. La reforma de la ley electoral, cambiando las listas cerradas por listas abiertas, precipitará su caída porque disminuirá el poder coactivo de los dirigentes de partido sobre los candidatos, sin aumentar un ápice la confianza del elector.

Si necesitas más aclaraciones no dudes en invocarme por el procedimiento normal entre mortales de escribir al director de este periódico, indicando en el sobre “a la atención del inmortal Paine”.

Eternamente.

Fotografía de Laurent Dabos

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