Ojalá hubiera sido un domingo de insurrección y no un domingo cualquiera de vítores y palmas chasqueando todas al unísono, de sonrisas vacías y abiertas esperando un sorbo de cerveza o un arito de calamar rebozado, un domingo de esos en que la gente estrena gorras de colores chillones y cruza las calles como corzos felices. Los obedientes habrán salido a tomar su aperitivo de rigor, tal vez hayan comprado el periódico y deglutido un cruasán, y, luego, pulcros y engalanados (porque la coquetería la reservan para los días importantes, y saben que hoy es uno de esos días, hartamente informados de lo necesarios que son, de que por fin cuentan para algo en este abismo de mediocridad y nadería que, con los años, ha ido dejándoles un regusto añejo de carcoma, un poso triste en el habla y un reúma como de sótano y cosa acontecida), bien enjaezados, decía, se acercarán dócilmente a una urna, a una hucha donde depositar billetes falsos, y arrojarán su estulticia a través de la ranura a las manos de los indeseables, al régimen de la bellaquería. Les han inoculado altas dosis de optimismo y necedad, convenciéndoles de lo decisivo que es su voto (y lo es, sin duda, para perpetuar la endogamia de la mentira). Y ojalá, ojalá no hubieran despertado con los nervios haciéndoles cosquillas en las sienes, embargados de una alegría boba y mediática, dispuestos a cumplir con su tarea doméstica de feligreses domésticos.   Han llenado de sol el verano, de un sol cegador y blanco, desteñido y lábil, tan blanco y aséptico como una enorme cobaya albina, o mejor, como un estabulario atiborrado de cobayas albinas, y también de mucho suero y albúmina para no tenerlas desnutridas. Enmohecimiento por todas partes y papeletas de mentes en blanco, y también fotosaturación, sobre todo fotosaturación para que todo siga igual de inerte y fofo, en su misma mustiedumbre. La iniquidad de la mentira política emite reverberaciones, pulsos de alto amperaje; un cabezal giratorio de trescientos sesenta grados asegura que el guiño del cíclope capcioso llegue a cualquier cuchitril, a cualquier escondrijo por muy en las antípodas que esté. El destello lo inunda todo de falso porvenir, como de un barniz apetecible de figuritas de porcelana y cerezas en almíbar, y, por apenumbrada que uno tenga el alma, por desasosegao y harto que esté de tó, se deja embaucar tontunamente por ese haz que promete barrer la noche del mundo; uno se asoma de a poco por las rendijas de las persianas, haciéndose el incrédulo y el opaco, y ¡zas!, ya está, comprometido hasta el tuétano con el capirote incandescente, con la luz maniobradora, con la alucinación. Y, llegado el caso extremo de obcecada negritud, de noches neblinosas y cerradas o de párpados  herméticos   que   no   quieren  ver, entonces, el faro emite un bramido, como de antílope en celo, como del mundo antes de ser mundo, para que no quepa duda alguna de que sigue ahí, pastoreándonos a todos, al cuidado de la grey. Mis ojos leen atónitos un artículo sobre como erradicar la salmonella con pulsos de luz y eso mismo hacen los partidos: erradicar el germen de la libertad política, del pensamiento crítico, con el fulgor estéril de sus mentiras. El indignado saldrá de su covacha, anestesiado de luz, con esa ilusión aún de pertenecer a algo, de haberse hecho indispensable para el bien común, con ese dócil convencimiento de que las cosas pueden cambiar sin ser cambiadas, de que no todo es triste cuando todo es triste, e impelido por un fototactismo crónico y ancestral, el autómata, el señor de a pie (con indudable buena fe, algunos, e indudable miopía, todos) virará la barquichuela de su módico enojo, fingiéndose a sí mismo estar inmerso en un mar apocalíptico del que más vale escapar, dejándose guiar por el engañabobos fluorescente. Y, así, campechanamente a la deriva, pondrá su dignidad rumbo al embuste como si se tratase de una tierra prometida. La táctica del cíclope radica en que no sepamos que nos vamos a estrellar, en que no sepamos que vamos ya hechos añicos, a fin de que sigamos navegando invidentes, llegando siempre a un litoral de bajuras donde quedar encallados, o bien, a una costa de farallones y escollos traicioneros (o dicho sin eufemismos: a una casta de faraones y escaños traicioneros) donde los hostiazos, eso sí, tienen la extraña virtud de dejarle a uno inmaculado, con apariencia de maniquí y persona respetable, sin rasguños ni estigmas visibles.   Y allá vamos, encandilados como polillas humanas, a esos tanatorios luminiscentes que son los colegios electorales. Una chica risueña, que exhibe una camiseta con el manido lema: DEMOCRACIA REAL ¡YA! –tal como lo he escrito, así exclamativamente, así, en mayúsculo– preside la mesa electoral en Alicante, lo muestra socarronamente la portada de un periódico, el mismo cuya editorial reza: En todo caso, votar. Sí señores, el faro perpetuo de la calumnia política ceba sus generadores de la corriente continua del acatamiento y la impostura consentida. Mucho fogonazo, destello por doquier y, sin embargo, estar a años luz de la verdad.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí