Oración (foto: frozenminds) La palabra y la imagen Así como la luz hace visible el mundo, el lenguaje lo hace comprensible. Las leyes de los reinos visibles e invisibles empiezan a ejecutarse poniendo nombre a las cosas. La palabra es la materia con la que el espíritu tiende los más audaces puentes. Sin embargo, Pedro Damián veía en la gramática un invento diabólico. La primera lección gramatical fue, al mismo tiempo, una enseñanza de politeísmo, pues los gramáticos fueron los que comenzaron a hablar de “dioses” en plural. Este Doctor de la Iglesia creía que sólo la santa simplicidad podía salvarnos de las artimañas y falacias de la razón.   Hoy la palabra ha sido arrasada por las imágenes, por su fetichismo: la imagen es el fetiche por antonomasia. Ningún Papa ha tenido tanto eco mediático como el beatificado Juan Pablo II, pero es que los medios de comunicación jamás se habían expandido tanto como en los últimos treinta años. Ningún rincón del planeta queda fuera del alcance de la radioactividad televisiva. Con su inmenso poder amplificador, los medios seguían y cubrían todos los viajes del sumo pontífice, dando la impresión virtual de que éste estaba   visitando el mundo, siendo su presencia visual omnipresente.   El Papa actual, Benedicto XVI, cuando está a punto de hablar, y dada la actitud expectante de quienes le rodean, puede detenerse a pensar si lo que se dispone a decir será digno de su reputación intelectual. En cambio, de su antecesor Juan Pablo II no importaban tanto las palabras como las sugestivas apariciones de su figura en las explanadas y grandes estadios. La presencia del emisor se convertía en el contenido de lo emitido. Era un hombre que dominaba la escena y era consciente de la potencia que le conferían las retransmisiones/representaciones mediáticas.   Sólo en gran temor y temblor puede un hombre hablar con Dios. Orar es permanecer en silencio y en paciente espera hasta que uno oye a Dios hablar, o como dice nuestro Miguel Rodríguez (profundo conocedor del autor de “La enfermedad mortal”) de Kierkegaard: lo fundamental para éste es la fe, “ese salto pasional en el que uno se enfrenta y rinde sin más ante lo Absoluto. Y ahí es donde la Paradoja nos hace temblar: la paradoja de lo infinito del Ser y la finitud y minusculez de nuestros pequeños capullos-egos”.

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