España negárica

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Las ideas no son material mental inobservable. Las ideas son, según Geertz, “significados vehiculados, siendo los vehículos símbolos –o, en ciertos usos, signos- y siendo un símbolo cualquier cosa que denote, describa, represente, ejemplifique, etiquete, indique, evoque, dibuje o exprese, cualquier cosa que de una u otra forma signifique”, por lo que las ideas son siempre intersubjetivas, es decir, públicas. Y si son públicas, las ideas se pueden explicar y comprender de forma abierta y corregible.   Los mapas y los territorios humanos, hechos por la mano del hombre, así como los aparatos técnicos que producen las verdades científicas según Ian Hacking, las melodías de la música clásica, las argumentaciones de la lógica estoica, los cuadros de Velázquez en el museo del Prado, el brazo incorrupto de Santa Teresa ante el que rezaban Franco y doña Carmen Polo todas las noches, etc., no son “ ideales” o formas platónicas para contemplar embobados. Son textos que interpretar, leer, y (¿por qué no? ) también lo son los rituales, las ceremonias, los palacios, las formaciones sociales y políticas.   Por esa razón considero que la España del siglo XXI, después de representar “una vida en democracia” (sin serlo) en los últimos cuarenta años, ha convertido la gran mentira política inicial en una expresión simbólica de su cultura. La sociedad española se ha convertido, con el funcionamiento del Estado de partidos, en una estructura de pensamiento y de acción simbólica inseparable de la esencia del español; la partidocracia ha devenido una forma de vida peculiar hispánica. Los objetivos vitales del español están mediados por la red de intereses y de símbolos de la monarquía y Estado de partidos.   Lo podemos comprobar incluso (¡quién lo iba a decir!) en los republicanos que piden volver a la Segunda República o una república federal, que enarbolan la bandera tricolor, pero que no se unen al movimiento hacia la República Constitucional.   Sin embargo, la mejor versión de las ciencias sociales, de la antropología, de la teoría política, y la filosofía del siglo XXI, asumió el progreso que supuso el segundo Wittgenstein y ya no tiene miedo a caer en los fantasmas metafísicos del idealismo o subjetivismo de la realidad social o política si afirma, como se hace aquí, que la vida política española ha llegado a ser, unida a las instituciones de los partidos y sindicatos estatalizados, una nueva forma de vivir el poder y la política, de su significado y de lo que trata.   El poder político ya no es cuestión exclusiva de dominio, de la toma de decisiones que impliquen a otros y de la violencia y del abstracto concepto de soberanía como fundamento. El poder sin control del Estado de partidos español incluye acción simbólica y la ceremonia teatral de la supuesta participación del público para su mejor integración en la situación política derivada de la Carta otorgada de 1978.   Los Estados, el Negara del siglo XIX en Bali, el Estado de partidos en el siglo XXI en España, son algo más que la interpretación de la política originada en el siglo XVI y XVII nos ha transmitido, ella se centraba en las nociones de poder como dominio y soberanía; y ese “algo más” es la estructura de acción y pensamiento en toda la sociedad política, pero también en parte de la sociedad civil que, como un espejo, reproduce y continúa dicha estructura situada en el centro y en la cumbre pero de unos poderes sin control ni separación.   Lo simbólico no se opone a lo real, como se oponen lo extravagante a lo sobrio, lo figurativo a lo literal, lo místico a lo mundano, o lo estético a lo práctico, o lo decorativo a lo sustancial. Lo real incluye a lo simbólico. No existe una naturaleza única para todas las sociedades y durante toda la historia independientemente de las interpretaciones que ellas mismas han hecho de su evolución y de los factores que han influido en sus diversas relecturas. La relectura que ha hecho España de su Estado de partidos le ha llevado a una España negárica. La dramaturgia del poder político en la actualidad no es externa o extraña a su funcionamiento.   El pueblo balinés, al igual que el español hoy en día, pensaba que, en política, lo real es lo que ellos imaginaban al contemplar y participar en el espectáculo teatral del Negara o del Estado de partidos con sus votaciones locales, autonómicas de primera y autonómicas de segunda, y generales a un parlamento en el que se representa a sí mismo el jefe del partido ganador en votos. Así dice Clifford Geertz: “lo real es tan imaginado como lo imaginario”.   II.- En 1980 la Princeton University Press publica Negara, de Clifford Geertz. Libro de antropología y, en cierta forma también, de teoría política que, como todos los grandes avances científicos que tienen algo que ver con la política, tardó unos veinte años en llegar a ser conocida un poco en España. El subtítulo del libro (políticamente incorrecto) nos da un indicio de los motivos políticos por los que era necesario ocultar, una vez más, un libro de análisis cultural y político a los españoles: “el Estado-teatro en el Bali del siglo XIX”.   Los políticos, monarquía y medios de comunicación de la Transición española hasta hoy en día, de tanto fingir y actuar, como si existiera una democracia en España, han terminado por creerse ellos mismos sus papeles o roles en una especie nueva de Estado de partidos: la España-negárica, y han contaminado con dicho “meme” antidemocrático a la mayoría de la sociedad civil –por ahora.   Negara, de Geertz, no obstante, está muy relacionado con la obra maestra de don Antonio García Trevijano Teoría pura de la República. La obra de Geertz, obviamente, no define el concepto de república, ni ofrece –como la de don Antonio- unas instituciones inteligentes para conseguir la representatividad del distrito o mónada electoral y la democracia sin corrupciones, pero, sin embargo, la descripción densa que realiza Clifford Geertz en su ensayo sobre la forma política en la isla de Bali durante el siglo XIX presenta ciertas semejanzas relevantes –aunque sean metafóricas- con la que realiza don Antonio en su libro respecto del Estado-de-partidos español actual, sus elementos y funcionamiento.   En el Estado de partidos todo es mera representación teatral para integrar a los ciudadanos como meros espectadores del quehacer de una oligarquía (financiera) y dejar en la puerta del teatro (del edificio), en la calle, sin entrada ni participación precisamente a los dos personajes principales de una democracia y de la República Constitucional: la separación de poderes y la libertad colectiva.   El Negara de Geertz demuestra, mediante su análisis cultural, un vívido retrato de los símbolos, mitos, rituales y ceremonias -en definitiva, del teatro o función teatral- en que consistía básicamente el Estado precolonial de Bali, el Estado balinés anterior a la implantación de la “jaula de hierro” burocrática de la que hablara Max Weber por parte de los holandeses y otras potencias extranjeras. El Negara no era ni una tiranía ni un gobierno burocrático, tampoco podemos decir que lo sea el nuestro. ¿Qué era, entonces, el Negara? ¡Era un teatro! ¿Qué es, entonces, nuestro Estado? Una España-negárica.   Gobernar, política y lo político no pueden separarse, en verdad, de los mismos procesos simbólicos o culturales de una sociedad: la sociedad de Bali del siglo XIX o la España de los últimos cuarenta años. Lo cual nos explica la “implicación increíble” de la propia población española con el Estado de la Gran Mentira de la Transición hasta nuestros días, al igual que se “implicó” en gran medida con el franquismo durante los cuarenta años anteriores.   El Negara, en Bali, era un teatro y Estado auténticos. No es que los balineses fingieran algo distinto a su “actuación real”. No eran conscientes de ello. No podían serlo y no había nada que ocultar aunque eso no quiere decir que no existiera –como ocurre aquí- ambición de poder, inteligencia o interés material, y accidentes, que determinen las oportunidades en la vida de los hombres. De igual manera ha terminado por suceder en España, incluso entre sus élites intelectuales, universitaria o no.   Como en el Bután o en el Tibet o en el Yemen, el Bali del siglo XIX se había aislado con respecto a los valores culturales modernos occidentales, aislamiento que, en términos políticos, vino a suceder en la España de Franco y la Transición. España se había aislado de los conceptos democráticos (a pesar de los intentos de Antonio García Trevijano), permaneciendo en el servilismo voluntario del nacionalcatolicismo (religión, la católica, basada en gran medida en el ritual y la ceremonia como la Semana Santa). Hasta 1908 los balineses, en concreto Klungkung, el más ilustre Estado-teatro o Negara de Bali, vivieron absortos totalmente en el espectáculo ceremonial y, de hecho las ceremonias eran también su funcionamiento político y religioso.   Ellos conseguían con su Negara un espectáculo organizado, un Estado-teatro, un orden político peculiar. Dramatizaban así las obsesiones dominantes de la cultura de la isla de Indonesia: la desigualdad social y el orgullo de pertenecer a un determinado rango o status en la sociedad. Y, de forma paralela, hacen los españoles actuales: con el espectáculo de las votaciones y de su pseudopolítica parlamentaria, ejecutiva y judicial, con sus ceremonias de constitución de las Cortes Generales y la votación de investidura del presidente del gobierno, la apertura del año judicial, etc., hacen como si vivieran en una democracia “homologable” a las europeas o incluso “mejor” que la existente en los EEUU o en Suiza, pero sin comprender el significado de la división de poderes.   En la función teatral que viven los españoles, es creencia común que “lo mismo da” votar en la elección de un presidente de la república como ocurre en Francia, que no hacerlo; “lo mismo da” que tu representante en el legislativo responda ante tu distrito o que no lo haga. Son las dimensiones del teatro, como dijo el poeta Gil de Biedma.   El de Bali era un Estado-teatro, en el que “los reyes y príncipes eran los empresarios, los sacerdotes los directores, y los campesinos el reparto secundario, los tramoyistas y la audiencia”. La España del Estado de partidos es un teatro en la que se actúa como si se viviera en una democracia. En el que, incluso, la Monarquía finge ser constitucional, los empresarios principales son los príncipes del gobierno real pero que también actúan (¡incluso en el templo de la Moncloa¡), los directores del mundo cultural son los sacerdotes (o las joyas del partido ganador) de la partidocracia, y, eso sí, el pueblo, el desa, sea campesino o no, son el reparto secundario, tramoyistas y el público mismo del teatro estatal.   Los españoles cultos, mientras tanto, pueden descubrir desde ahora en el Negara de Geertz que los estudios antropológicos más avanzados del siglo XX admiten la posibilidad de que la polity o formación política esté basada en el teatro y pueden percatarse también de que nuestra nación, como digo, se asemeja mucho, y en bastantes aspectos, al Negara de Bali del siglo XIX. Los símbolos, rituales y ceremonias del Estado de partidos son los símbolos, rituales y ceremonias de un teatro, puro teatro.   Según Geertz la forma política de un Estado puede ser el drama, el teatro, y puede que el “teatro montado” por la partidocracia en España desde 1978 para mantenernos sin los personajes principales de la separación de poderes y la libertad política se revele a todos con claridad y distinción, incluso para los más embobados o/y admirados por el espectáculo. Y en todo teatro se termina por encender las luces simbolizando que la función ha terminado y el “desa”, lo opuesto al Negara, es decir, el pueblo, la gente, podrá salir del sueño del teatro en el que estaba enjaulado.

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