Elegir sin votar

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22-M. Jornada electoral del abstencionario (foto: bossbob50 -) Elegir sin votar   Arrinconados los jacobinos carpetovetónicos por las encuestas sobre intención de voto, la Gironda hispana afila sus lápices para seguir engordando el diferencial. El objetivo es la mayoría absoluta, la más absoluta que en la partidocracia se pueda soñar. Muchos ciudadanos, expectantes de los nuevos acontecimientos, no perciben que la naturaleza del poder político en España no cambiará un ápice gobierne la oligarquía socialista o la popular; sólo el estilo, es decir, la propaganda. El peligro no es que llegue el PP a La Moncloa, ese es un dato descontado con sus secuelas reaccionarias incluidas; sino la ilusa creencia de que el PP arreglará los desaguisados del PSOE. Tras las euforias de un cambio de gobierno, crecerá la conciencia de que es imposible que nos saque de la crisis la partidocracia que la generado y agravado.   El gran “bum” inmobiliario, padre de la burbuja que Botín negó con contumacia, se gestó en tiempos de Aznar, al decretarse que todo el suelo que no fuera rústico se podía urbanizar. Ese fue el disparo de salida del crack financiero, político e institucional que se nos ha echado encima. Hoy, cada español, todos los españoles debemos al menos una vivienda, aunque no la hayamos comprado, nos la apunta la clase política en la estadística de cada edición de los Presupuestos Generales. Y para que esas oligarquías políticas, apoltronadas en los consejos de administración de las cajas, no sufran ni asuman responsabilidades por la quiebra, gobierno y oposición simplemente trasladan al ciudadano la ruina que ellos, todos ellos, y sólo ellos han provocado. Que el PSOE es culpable nadie, salvo sus apaniguados, puede negarlo. Pero eso no resta culpas al PP, que lo es tanto como el PSOE.   La batalla electoral que desde el principio de la legislatura se viene desarrollando, somete a los ciudadanos al reality show cainita y esquizofrénico que la clase política genera y los medios afines difunden para excitar las ínfimas pasiones del electorado de abono. Esto hace que cada día más ciudadanos decidan no participar en ese circo perpetuo y nauseabundo. Son los ciudadanos que se decantan por la abstención como terapia del espíritu cívico, o nos declaramos “abstencionarios” como activos combatientes contra el permanente y sistemático abuso del poder establecido. ¿Quién va a pedir perdón por la corrupción, el PP o el PSOE? ¿Quién va a librar de las abusivas cargas que gravitan sobre todos los hipotecados? ¿Qué cajas de ahorro han quedado mas arruinadas, las gobernadas por el PP o por el PSOE? ¿Quién ha dado más subvenciones a empresas ruinosas? ¿Quién ha contratado a más enchufados? ¿Quién no ha negociado con ETA? ¿Quién no ha vendido armas a Gadafi? ¿Quién ha renunciado a uno de sus varios sueldos a cargo de los Presupuestos Generales? ¿Quién no ha mentido, quién no ha ocultado la verdad, quién ha guardado silencio cuando tocaba denunciar? ¿Quién no se ha enriquecido a cuenta del erario público?   Alguien afirmó que la libertad la podemos perder y volver a conquistar, pero que la dignidad sólo se pierde una vez y para siempre. Si esto es así, y creo sinceramente que lo es, la clase política en su conjunto hace mucho que carece de dignidad. Tocan a rebato electoral para que votemos a los indignos que prefiramos. Pero muchos no acudiremos a las urnas porque lo que necesitamos no es un nuevo gobierno, sino un nuevo sistema, constitucional y democrático, que es lo único que puede sanear la vida pública y hacer posible el pleno ejercicio por todos y cada uno de los ciudadanos de la libertad política. Lo demás es seguir navegando en la fosa séptica de la partidocracia.   La Transición del consenso ya muestra sus frutos corrompidos sin pudor. Nadie con vocación totalitaria puede dignificar la política española; el aquelarre de falangistas de gaviota o de puño y rosa se ha hecho cansino y se muestra torpemente redundante. Necesitamos democracia, que sigue inédita entre nosotros. Ya no podemos seguir votando sin elegir, ahora toca que elijamos sin votar. Participar en las elecciones de la partidocracia está contraindicado, pues el voto, aunque sea en blanco, la legitima. El anunciado derrumbe de la oligarquía socialista, y su sustitución el en gobierno por la popular, nos dará la ocasión de catar, a corto plazo, el latigazo de los que se han sentido injuriados en estos años por una artera privación del poder que sienten les pertenece por derecho natural o divino. Agudizarán la sectaria negación de oportunidades y el despótico abuso partidista de las instituciones. No porque sea la derecha la que sustituye a la izquierda, pues en la partidocracia todo quiere ser centro, sino porque la oligarquía pretende el monopolio del poder, y esa oligarquía entrante se siente ofendida y se muestra airada.   Ese será el punto de inflexión a partir del cual la necesidad de la República Constitucional cotizará al alza en la conciencia mayoritaria de los ciudadanos. Ese será el momento crucial en el que los repúblicos solemnemente juraremos, por nuestra vida y todo nuestro patrimonio, conquistar la libertad política para instaurar la República Constitucional. Esa es nuestra elección.

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