El día de la despedida

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Niños egipcios (foto David Serquera) El día de la despedida El once de febrero de 2011 es el día en que el pueblo egipcio recuperó la dignidad, el día en el que el júbilo de una nación de ciudadanos pudo destruir el poder personal de un tirano medieval apoyado hasta entonces por las potencias occidentales; “Los egipcios no volveremos a rendir nuestros derechos fundamentales jamás, hemos recuperado la dignidad” grita la multitud en la plaza de la liberación de El Cairo. Una nueva era ha comenzado en el Magreb, el pueblo ha recobrado la categoría ciudadana. El Leviatán Mubarak, el agente del caos, ha caído. No existe un pueblo más feliz hoy en la tierra que el pueblo egipcio. Dieciocho días de revolución han culminado con “la victoria de la dignidad”. “Hoy hemos sido capaces de restaurar nuestra humanidad” declara El Baradei.   El día comenzó con millones de personas en todo el país reuniéndose para protestar de forma pacífica un día más contra el régimen. La furia de la noche anterior, tras el discurso en el que el tirano habló a sus “hijos como un padre” para decirles que no abandonaba el poder, congregó a una multitud no vista hasta entonces. Si en la primera semana los manifestantes se contaban por cientos de miles, durante la segunda semana revolucionaria millones ocupan las calles. Al mediodía del viernes día once la multitud que brama al viento ¡Inválido! ¡Inválido! comienza a abandonar el punto de concentración en la plaza de la liberación para rodear el edificio de la televisión estatal, el parlamento y el palacio presidencial. El clamor es ensordecedor y puede escucharse varias millas alrededor de la plaza de la liberación. La mansiónpresidencial permanece protegida por un cordón de carros blindados del ejército y francotiradores apostados en los tejados. La multitud no puede acercarse a las inmediaciones, el ejército bloquea las calles de acceso. En Alejandría unas cien mil personas marchan hacia el palacio presidencial Ras El Teen bloqueando su acceso. En Suez se rodean los edificios gubernamentales. El pueblo reclama el espacio, aisla al tirano, quien va perdiendo el apoyo internacional. En su último discurso, tan solo unas horas antes, Mubarak declara que “el pueblo egipcio no se inclina ante ninguna potencia extranjera” tras estas palabras el gobierno de los EE.UU. convoca una reunión de urgencia. Durante el día se suceden comunicados contradictorios por parte de la cúpula militar. Se aceleran rumores de que Mubarak y su familia han salido de El Cairo. Tras la plegaria vespertina la multitud sigue acudiendo a la plaza de la liberación y rodeando las instituciones de poder. A las seis de la tarde, el vicepresidente Suleiman hace aparición en la televisión estatal. Con la cara compungida anuncia que el presidente Mubarak ha decidido dimitir y que ha instruido a la cúpula militar para hacerse cargo del Estado. La explosión de júbilo nacional llega a todos los rincones del planeta. La emoción colectiva se eleva con la fuerza de la historia hecha realidad. “Los egipcios pueden soñar por fin con un futuro mejor”. “La muerte de cientos de jóvenes mártires no ha sido en balde”, declaran los ciudadanos.   Una revolución que comenzó mediante invitaciones a través de Facebook entre los jóvenes que no se resignan a vivir sin dignidad colectiva, llevada a cabo pacíficamente mediante la desobediencia civil y culminada con el tesón, la valentía y la determinación para hacer dimitir al dictador. Una revolución de ciudadanos islámicos, cristianos y ateos unidos. Una revolución sin enfrentamiento de clases sociales. Una revolución de la que los españoles no pueden presumir. Un régimen de poder, el egipcio, donde todo indicaba que se convertiría en hereditario ha sucumbido ante el poder popular. Un pueblo, el egipcio, que cuenta con dos broches de oro en su historia reciente: la quiebra del yugo del imperio británico en 1919 tras una campaña de desobediencia civil que duró casi un año con más víctimas mortales que la actual “revolución de la juventud” que ha derrocado a la familia Mubarak.   Se inicia una etapa para el pueblo egipcio en la que el miedo a la libertad colectiva de las potencias extranjeras, intentará cerrar el sistema para poder tener interlocutores fijos con los que poder influir en las decisiones internas del país. En el plano interno, las fuerzas políticas deben ser capaces de anteponer la lealtad a la libertad colectiva frente al oportunismo de facción para poder abrir un período de libertad constituyente que lleve a la elección de una asamblea constituyente capaz de producir un referéndum electivo, para escoger o rechazar los modelos constitucionales presentes en la sociedad política. El consejo supremo militar egipcio ha declarado que la legitimidad popular no está por debajo de la militar. Para nosotros, los repúblicos, la conquista egipcia es una afirmación de la potencia de la República Constitucional, como única opción decente al alcance del pueblo español para poder progresar moralmente a través de los inmensos desafíos del siglo XXI, con un vecino magrebí que comienza a romper los grilletes de la sumisión. Recuperar la dignidad colectiva, tal como lo ha hecho el pueblo egipcio, es la primera misión del ciudadano español.

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