Obama y Mubarak (foto: Muhammad Ghafari) Ceguera estadounidense   La ceguera demostrada por Obama ante los acontecimientos revolucionarios ocurridos en Egipto es de naturaleza distinta a la observada en el faraón Mubarak. El dictador egipcio pronunció un discurso basado en la soberbia y el desprecio a toda opción política y patriótica que no fuera su persona. El octogenario del Nilo pidió además que se retomara la acción represiva contra los ciudadanos a los que considera manipulados por fuerzas políticas, como si la política fuera ajena a la condición de ciudadano o sólo pudiera ser encarnada por la voluntad de él.   No es un tipo de “locura normal” que vive en armonía con la naturaleza, aunque esté distorsionada por el deseo de unir lo bello a lo verdadero, sino la locura del honor de Estado capaz de asesinar a miles de jóvenes para cumplir con la bárbara normalidad del estado de excepción. La frase ”Moriré en tierra de Egipto” transcribe el fanatismo de quien considera a Egipto su particular reino de poder, una dimisión supone un destierro deshonroso. El dictador vive aislado en su particular Autologos que nombra la realidad conforme a los deseos que ésta suscita en su bárbara incomprensión e incultura.   La ceguera de Obama, en cambio, es de orden pragmático, capaz de entender el significado de los movimientos civiles y de las relaciones de fuerzas, pero solo conforme a los  efectos  que producen sobre  el  esquema de su política exterior, determinado a priori.Una ceguera que le permite observar que los egipcios están ejerciendo el derecho a deponer a sus gobernantes, y que le lleva a presionar al dictador para que no se vuelva a presentar a la reelección, y no a dimitir fulminantemente por ser el principal foco de inestabilidad política y agente del caos.   El objetivo de estabilidad política, generalmente acarrea mayor inestabilidad, pues quien sacrifica su libertad por la seguridad pierde ambas, incluso los Estados. El miedo al islamismo por los EE.UU. e Israel juega el mismo papel que el miedo al comunismo jugó en la Transición española, impide la libertad política de los pueblos, de forma infundada, pues ni por su número ni por su autoritarismo en el caso egipcio, suponen un peligro real en democracia, y sí una amenaza creciente bajo la dictadura. El gobierno de los EE.UU. destina 1.300 millones de dólares anuales al ejército egipcio, bastaría una pequeña ronda de conversaciones con un grupo de generales para que éstos dejaran de apoyar al dictador, por eso Obama no puede decir sin caer en la hipocresía que no es asunto de EE.UU elegir a los líderes de un país, cuando está financiando al dictador. Los egipcios han escogido exponer la tiranía de su régimen y de sus aliados a través de la desobediencia civil pacífica. ¿Podrá la comunidad internacional estar a la altura de tan alta demostración de dignidad colectiva?

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