Pluralismo conformativo

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Vieja estación de televisión (foto: creativesam) Pluralismo conformativo “Informar” es una de las múltiples voces que derivan del latín f?rma. Más precisamente, la habitualmente elegida para referir la acción sustancial de los medios de comunicación social: el “dar forma” a la organización colectiva mediante la descripción de sus vicisitudes. Tal es la raíz del periodismo y de la noticia, su género por antonomasia. Sin embargo, “forma” es la “configuración externa de algo” (definición del Diccionario de la RAE en su primera entrada), cosa que, como tal, puede terminar apreciándose directamente por uno mismo. De ello obtenemos una doble inferencia: (1) que la labor informativa es en sí lo contingente, resultando lo decisivo la posibilidad de monopolizar la transmisión de los mensajes así catalogados a grandes audiencias, labor que necesariamente requiere de una organización empresarial, y, en la mayor parte de los casos, autorización gubernamental; (2) que el “pluralismo” es absolutamente innecesario en la descripción de los mismos hechos.   El precedente ejercicio de racionalidad nos sitúa en el improbable de la contradicción etimológica. Esquivarla nos lleva a contemplar los casos en que las palabras no se eligen por la lógica de su propia semántica, sino como consecuencia de su arbitrada relación respecto a otras. Aquí, fijar la atención en el concepto de “información” es embestir el engaño tendido, pues el citado se ofreció para oponerlo a “opinión”, asimilando ambos, respectivamente, al story y al comment anglosajón, esquema que es la razón inicial de la citada terminología.   Una vez descubiertas las posibilidades lucrativas de la comunicación de masas, fundidas con su probada influencia en el pensar general, el periodismo ideológico resultaba incompatible con el Estado. La propia libertad de empresa, buscando un nuevo espacio o audiencia, podría llegar a cuestionar la constitución de aquel si esquivara el interés de grupos significativos de la sociedad. El periodismo se reformuló, académica y profesionalmente, para acogotarlo dentro del falaz esquema de la información-opinión, cosa que encajaba fenomenalmente con el recién inaugurado Estado de partidos en la posguerra de Europa Occidental.   El paradigma está claro, y podría formularse con la conocida cantinela de que los hechos son sagrados y las opiniones son libres. Claro que siempre y cuando éstas —debe añadirse aunque no se diga— se ciñan y basen en aquellos, que son la parte fuerte del arquetipo, al existir mecanismos apropiados de control que han de suscribirse previamente. En España, podemos observar constantemente cómo la producción de hechos noticiosos —tal categoría la obtienen por su natural difusión— proviene precisamente, y con práctica exclusividad, del propio funcionamiento político-institucional del Estado de partidos —Presidencia del Gobierno, Consejo de Ministros, Congreso de los Diputados, Portavoces de Grupos y Partidos, Presidentes y Parlamentos autonómicos, Sindicatos, etc.—, que el periodismo asume sin más, consustancial a su propia esencia y posibilidad de medrar. Así, el Congreso de los Diputados es la “Cámara representativa”, poco importa que los parlamentarios deban personalmente su asiento al jefe de su partido, nunca a los ciudadanos; o que, fruto de esta situación, se engañe a los españoles y se aprueben leyes y medidas manifiestamente dañinas para la inmensa mayoría, lo que también son hechos incontestables. Todo periodista que pretendiera informar acerca de esto, ya resulta disuadido por su obligatoria formación académica; si se atreviera a hacerlo a pesar de ello, sabe que no se lo publicarían y que sería defenestrado; a no ser que su periódico mantuviera una “línea editorial” —que, debido al citado paradigma, naturalmente nada tendría que ver con los mismos hechos— contraria a la Monarquía de partidos, en cuyo caso, la empresa jamás obtendría licencia de radio y tv, se le retiraría la publicidad institucional y prácticamente toda la privada —si es que hubieran llegado a contratársela en estas circunstancias— y terminaría desapareciendo.   Aun nutriéndose de las redes informativas institucionalizadas oficialmente, todos los días asistimos a la publicación de noticias contradictorias o de datos no coincidentes entre los diversos medios de comunicación. Ello es la demostración incontestable de que España vive en un Régimen político falaz y de que el periodismo solamente es libre para reproducir las mentiras ajenas que lo realimenten.

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