Celestino Corbacho (foto: socialistes) Ofensa pública A una pregunta de Doña María Dolores de Cospedal en el Senado responde Don Celestino Corbacho descalificando la propia pregunta e instando a la señora a que la próxima vez prepare sus intervenciones mejor, quejándose además de que en 2 años sólo le haya hecho tres interpelaciones. Es un espectáculo grotesco que califica al señor Corbacho sin lugar a equívocos; pero esto, en todo caso, es lo secundario, porque sólo es sintomático de un mal previo y mucho mayor. Doña Bibiana Aido marra con más malicia que ignorancia cuando se lamenta del triste espectáculo ofrecido por los miembros de la Cámara, pues no cabía obviar que se trataba de una sesión televisada, atribuyendo a las malas formas demostradas el desprestigio de la clase política ante los ciudadanos.   Cabe preguntarse si a la clase política le preocupa su imagen ante la sociedad por decoro institucional o por pura inclinación corporativista, común a todos los gremios. Pero confundir el efecto con la causa suele tener la secreta intención de enmascarar la causa verdadera. Frente a la cual el efecto es puro ruido sin mayor interés. Y la causa es la imposibilidad de que el Poder Legislativo llegue a controlar al Ejecutivo en un sistema parlamentario de listas de partido. El marco jurídico en el cual el sistema se desarrolla tiene el efecto de inducir, por puro rigor de consecuencia, comportamientos, por parte de la clase política, que ofenden a partes iguales la estética y la moral. Comportamientos como el que acabamos de ver en Don Celestino Corbacho. Pero cuando la estética puede conculcarse sin recato alguno la inmoralidad es ya una pura e inevitable cuestión de tiempo. Detrás de la fealdad viene la maldad, es una ingenuidad peligrosa rechazar la fealdad por su aparente inocuidad. La fealdad congénita del parlamentarismo español ha fomentado la chulería y el desdén por parte de la clase política hasta extremos que ofenden a quienquiera que piense todavía en la dignidad del espacio público. Pero Don Celestino Corbacho puede responder como lo hace porque se sabe respaldado por un sistema que fomenta la impotencia de los parlamentos y la impunidad de los gobiernos, que necesariamente tienen al Legislativo sujeto mediante la disciplina de voto de sus señorías.   Solamente el rechazo social o el miedo a perder el  apoyo electoral  puede tener  efectos   limitativos. Nunca la inútil acción parlamentaria. Los parlamentos se han convertido en cámaras a las cuales los políticos acuden en perpetua campaña electoral, pero jamás para rendir cuentas de su gestión y menos aún para controlar a gobierno alguno. Y la experiencia demuestra que la campaña electoral es la eclosión de la indecencia, la mala educación, la descortesía y la pura logomaquia, el insulto permanente al destinatario del mensaje. Las mismas reglas que sus señorías han trasladado al parlamento.   En una república presidencialista con efectiva separación de poderes, como Estados Unidos, las cámaras son celosas de sus atribuciones, por eso una respuesta como la de Corbacho sería inaceptable, tanto para los congresistas o senadores como para la opinión pública. No es un problema de la mejor o peor educación de sus señorías, como engañosamente quería hacer ver doña Bibiana Aido: el problema reside en el funcionamiento del propio instrumento que sus señorías se traen entre manos. Que ha convertido al parlamento no ya en una extensión del gobierno sino en un apéndice del mismo. Los debates parlamentarios en España son una ofensa pública y un puro ruido que simula un control inexistente.   Francisco Miranda, militar español liberal muerto en una prisión gaditana en 1816, lo anunció con dos siglos de antelación: "El pueblo no será soberano si uno de los poderes constituidos (el ejecutivo) no emana inmediatamente de él y no habrá independencia (entre los poderes) si uno de ellos fuera el creador del otro. Dad al cuerpo legislativo, por ejemplo, el derecho de nombrar a los miembros del poder ejecutivo y no existirá ya libertad política". Doña Bibiana Aido piensa que el peligro que Francisco Miranda ponía de relieve se soslaya con buenas maneras y una exquisita educación. Las cuales serían, en el mejor de los casos, una pura hipocresía que, a decir de La Rochefoucauld, es “el homenaje que el vicio rinde a la virtud”. La actitud de Don Celestino Corbacho demuestra que entre la clase política española, espoleada por unas instituciones que fomentan y consienten el agravio, el vicio se ha desatado y su triunfo ha sido arrollador: la hipocresía ni siquiera es ya necesaria.

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