Cuando pretendemos referirnos a una cosa compleja, tenemos enormes dificultades para hacerlo de un modo simple y global. Preferimos desmontarla en partes más sencillas —ello habrá de obedecer a algún criterio, que sería deseable reseñar facilitando así la comprensión— para, entonces sí, poder hablar de este modo acerca de ella. Sin embargo, corremos el riesgo de volver a sintetizar el objeto conforme las partes que hemos obtenido —incluso dotando a las abstracciones de realidad material— haciéndolo de una forma aritmética, al dar por sentado que aquel será resultado de la mera adición de éstas. Pero no, no es así. En este tránsito se pierde o degrada algo.   Hay situaciones que se prestan irremisiblemente a lo que acabo de relatar. Fundamentalmente porque el quehacer profesional se basa en un método seudoacadémico proclive a esta falacia. Y tal vez el más sonado sea la crítica cinematográfica. La película Avatar, récord absoluto de recaudación en España, ha sido, sin embargo, recibida por la crítica especializada de manera desigual. No se trata tanto de señalar la fractura, que en este caso se aprecia en toda su potencia, entre los enjuiciadores profesionales de la gran pantalla y el público; como de señalar que una parte de los primeros, a los que se han añadido algunos elementos del cine patrio, se han referido a la cinta de Cameron con un inusitado desdén, tildándola de “involución artística” —caso de Javier Ocaña en EL PAÍS— o proclamando que jamás irían a verla —“ni aunque me detenga la Guardia Civil”, como declaró el oscarizado Trueba, que por no ser menos que ZP con su famoso café, añadió ahorrarse “seis euros”—.   El argumento general de sus detractores, o aquel que se señala para no dar una mayor puntuación al filme, consiste en fijarse aisladamente en la historia. Como ésta es simple, previsible y conocida, presentando reminiscencias temáticas muy manidas, de fácil encasillamiento, la conclusión parece evidente: la película es mala o un mero despilfarro técnico.   El hecho de no poder disponer de los medios de la industria hollywoodiense debería ser un acicate para dedicarse a escribir guiones extraordinarios, o competir con otro tipo de cine, ciertamente algo más difícil de conseguir y en todo caso conciliar con el rendimiento comercial. Se adivinan los celos al despreciar lo contrario, esto es utilizar una trama tan sencilla para, añadiendo un mundo de ciencia ficción desarrollado con un novedoso apoyo tecnológico, crear un completo espectáculo audiovisual como Avatar, capaz de entretener, y hasta de fascinar, a millones de personas en todo el mundo.

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