La temática criminal que atraviesa la filmografía de Claude Chabrol está sustentada en numerosas adaptaciones de novelas policíacas (Patricia Highsmith, Georges Simenon, Claude Rank, Ruth Rendell, etc.) en cuyo universo de intrigas, engaños y dobleces, se ha desarrollado fácilmente la creatividad de este retratista del lado oscuro de la burguesía. Desde las páginas de Cahiers du cinéma contribuyó a cimentar la teoría del cine de autor, fundada en la mise en scéne y en la visión del mundo que posee un cineasta: y la mirada, fría, y con ribetes cínicos, de Chabrol, perfora lo que tiene de vacuidad y podredumbre la condición burguesa.   Chabrol no se centra en el desvelamiento de los mecanismos externos que configuran el poder y la posición de la burguesía, sino en la implacable disección de una psicología y una moralidad que expresan, a la vez que justifican, el dominio de una clase dispuesta a asfixiar los sentimientos nobles o inconvenientes, y a ocultar sus trapos sucios detrás de una pantalla de pulidas formas sociales. En esta organización del mundo, el matrimonio como comunidad de intereses supone, inevitablemente, la degradación de los interesados. Los hombres, al mismo tiempo que condenan la promiscuidad, para tratar de asegurarse a la mujer como propiedad, no pueden renunciar a ella. Sin embargo, flota en el ambiente burgués la tácita promesa de no manchar la reputación femenina con habladurías sobre las mujeres que se “ofrecen” fuera del matrimonio: la discreción es la fuente de felicidad de toda vida secreta. Pero en esta adulteración de la vida conyugal, la obsesión por el adulterio puede conducir a un crimen inocultable (La mujer infiel). Por otro lado, el director de Inocentes con manos sucias no nos hace albergar ilusiones acerca de una luz “proletaria” que combata las sombras burguesas. En La ceremonia nos muestra ese tipo de autointoxicación que tiene un aspecto pasivo o una condición servil, pero que contiene una feroz envidia de lo que no se tiene; un resentimiento que se deleita de antemano con el dolor que querría ver sufrir al objeto de su rencor, y que en esta película desencadena las más atroces perversiones.   Claude Chabrol (foto: Presse IndéPicarde) Chabrol pasó de teñir con cierta suciedad formal y profusión de zooms -un mal de la época-, obras tan extraordinarias como El carnicero (1969), a decantarse, en los últimos tiempos, por la elegancia de la puesta en escena. De todas maneras, su cine conserva la misma acidez.

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