Castillo Neuschwanstein (foto: ingirogiro) Clastoniria El Rey llama otra vez al Pacto de Estado y a casi nadie le importa ya lo que quiere decir. Puede que el pacto sea el Estado o quizá tengamos un Estado de pacto. Lo más probable es que ni el escritor de los reales discursos recuerde ya el sentido del Pacto Original, que fue eliminar la política de la sociedad. Ahora sólo es preciso conservar la estructura de poder que esas palabras han originado mientras cada uno (poderoso o poderido) intenta soslayar lo mejor posible las dificultades económicas que acarrean.   Una descripción honesta de la situación política en la cual nos encontramos conduciría a la reescritura de El Castillo. Hemos sido llamados a participar en política, pero nadie conoce los medios para hacerlo. Mientras vagabundeamos por los alrededores de la fortaleza en espera de ser recibidos somos instados a expresarnos libremente aunque no dispongamos de información veraz ni de interlocutores reales. El Estado que no es administrativo, es decir, el Poder, tiene reservado el derecho de admisión -privilegio de pactación- y así, sin libertad, el ciudadano es el funcionario llamado a trabajar en pro de una sociedad cuyos objetivos y logros son transmitidos industrialmente por los medios de comunicación. Después es comprensible que nos sintamos urgidos a defender nuestra posición apuntalando el régimen burocrático del cual parece depender.   Cuando la fantasía es el presupuesto de un proyecto político, la utopía es el resultado y su aplicación es traumática. Pero cuando la fantasía es el efecto necesario de un proyecto político oportunista, su desarrollo conduce a la distopía. La partidocracía es una distopía. En ella todos somos agrimensores de campos que no existen y, naturalmente, una de las actividades más necesarias termina siendo aliviar la ansiedad que esta situación provoca. En búsqueda de anestesia, la razón caprichosa se refugia en el ocio y la razón disciplinada, la ciencia, en el negocio. Pero tanto la imaginación sin sentido común como la razón oportunista sin idealismo moral, tan relacionadas ambas con la fantasía, conducen a la muerte de los sueños. Si la imaginación ya no sirve para dibujar un mundo mejor y la razón se convierte en una herramienta sin planos universales, el deseo deviene en apetito y los sueños en subversión. Hay que dejar de soñar.

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