Izar la bandera

La liberación de los tripulantes del Alakrana después del pago de un rescate y un presumible compromiso acerca de la devolución de los dos piratas apresados, ha dado paso a una ola de condolencia patriótica por la humillación sufrida. Que estos zarrapastrosos de la tierra más desolada del planeta hayan conseguido el botín, tras lograr que el Gobierno inclinase la cerviz, es una mancha en el honor nacional que tiene escandalizados a los que no hubiesen tolerado semejante rendición. Pero las voces beligerantes que acusan de panfilismo al Jefe del Ejecutivo, reclamándole intervenciones punitivas, olvidan que la ministra de Defensa tuvo la audaz iniciativa de solicitar a las potencias occidentales que cortasen de raíz este problema, yendo a buscar a los piratas somalíes a sus propias bases terrestres y cañoneando los puertos donde se refugian. Puesto que la protección militar (operación Atalanta) de las flotas pesqueras no evita que se sigan produciendo asaltos y secuestros, doña Carme Chacón insinuaba la necesidad de una acción coordinada de combate terrestre, a la que, sin embargo, son reacios los estadounidenses desde aquella misión de la ONU, en 1993, con los derribos de helicópteros y las numerosas bajas que sufrieron.   Y para menoscabar aún más el orgullo nacional, la prensa ha recogido el chusco incidente de la Guardia Civil con una patrulla de la Marina británica, que hacía prácticas de tiro contra una boya pintada de rojo y gualda, en aguas próximas a Gibraltar. Este asunto ha reavivado la disputa, no sobre la anacrónica situación del Peñón en una supuesta Unión Europea, sino sobre sus aguas. Mientras el Reino Unido considera una violación de la soberanía británica la incursión de la Benemérita en las tres millas que circundan la colonia, España las reclama como propias, remitiéndose al Tratado de Utrecht, que limitaba la cesión al territorio y a las aguas del puerto.   No sabemos si las disculpas del embajador británico, -que si bien ha admitido los disparos a una boya que tenía los colores rojo y amarillo, pero en ningún caso una bandera española- habrán calmado al ciudadano Ramírez, que como un Willian Randolph Hearst de opereta partidocrática, magnificaba en “El Mundo” este hundimiento de la boya, presentándolo como una ofensa a la enseña nacional merecedora de una respuesta inequívoca.     "A pure theory of democracy"     Publicada la traducción inglesa de "Frente a la gran mentira"

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