Arte oligocrático

Ghosts of Cupcake past (foto: abakedcreation) Arte oligocrático Porque la única libertad conocida en nuestra sociedad es oligocrática, las “obras de arte” que se propagan en su seno son mero fruto del oportunismo y la zafiedad. No existe ni la más remota posibilidad de que una obra de arte digna de tal nombre, una obra que dé forma a un mundo estético y moral nuevo, surja de la oligocracia y su aparato. La causalidad existe, pero sus efectos aquí no son duraderos. Y la libertad, si emparejada a la verdad –y no, como es siempre el caso en un ámbito cultural determinado por lo políticamente correcto, aun cuando quiera presentarse como incorrecto–, tiene la marca de lo eterno. Se suceden premios y galardones, la periódica celebración de la vergüenza cultural partidocrática. Los trucos de imagen, las apariencias. Y, entretanto, la libertad espera, la obra aguarda. Un adolescente ebrio en la cuneta, sin salidas, balbucea unos versos mucho más dignos de ser recordados que cualquiera de los provenientes de los socializados aduladores del poder. Ahora, en el desastre puro, en el pisoteo de una libertad virgen que no se comprende todavía a sí misma pero que se siente, como se sintió el día del estrépito, de nuestro nacimiento en el mundo, todo depende de la profundidad con que haya calado una visión-guía, sublime e implacable. Ahora, provistos o no de armas intelectuales, cuando la pasión por la libertad es un asunto de vida o muerte, puede dejarse la huella. Y olvidarla.   Mientras, sin pundonor ninguno, persiste en manar la fuente de esputos, disfrazados de novedad; la mutua adulación de un poder unívoco aposentado en la mentira, pródigo en el intercambio de secretos parabienes. Los pretas –“fantasmas hambrientos” en la cosmología budista, con cuellos finos y largos que se duelen al ingerir, y barrigas prominentes, felices de haber por fin deglutido– reciben su ración, ignorantes, en su hambre insaciable, de hasta qué punto dependen de un reino de pretenciosos endiosados. Y éstos saben menos aún hasta qué punto el regodeo en su particular paraíso de prebendas depende de ciertos volátiles consumidores, capaces incluso de soñar con otros amos. Y entonces, cuando la grieta abierta conduce al abismo, su conciencia del último minuto pasa a ser conciencia del ahora: libertad y creación vuelven a hermanarse, imparables.

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