A la vuelta del primer milenio la ausencia de referencias políticas estables y la inseguridad hicieron aumentar grandemente los asentamientos de población en torno a iglesias y monasterios. Muchas fueron entonces las personas que acometieron con devoción los trabajos de ampliación, mantenimiento y atención de los cenobios cristianos. Estos trabajadores fueron conocidos como los conversos. La labor técnica que realizaban y la disciplina espiritual a la cual estaban obligados eran dirigidas por eclesiásticos que, durante ese periodo de colaboración espontánea, pudieron dedicarse con placidez a lo religioso-político-cultural. Pero la relativa bonanza económica y estabilidad de los siglos posteriores, parecieron alejar a la población de los caminos de Dios. El clero tuvo que acostumbrarse a pagar para encontrar devoción capaz de ocuparse de las tareas tanto cotidianas como extraordinarias.   El fortalecimiento del Estado moderno y la urdimbre intrincada que se estableció entre su potencia y la acción de la sociedad civil no sólo condujo a la diseminación demográfica, la estricta profesionalización del individuo, la muerte del absolutismo y el largo y cálido “desclasamiento” económico, sino que impulsó además la nueva estratificación de una sociedad que se mantendría secularmente dividida en funcionariado del poder -y de la administración- por una parte y gobernados -o administrados- por otra. El acceso a la información de consumo (periodismo) o de formación (ciencia) y a la riqueza sirvió después de sucedáneo a la propia actividad política.   Pero mientras tanto, el humanismo que poetizó la religión, racionalizó el conocimiento y moralizó la poesía -quizá finalmente paralizado ante el desarrollo tecnológico y el horror de la guerra mundial- no pudo civilizar el Estado o republicanizar la civilización; fue impotente porque concedió que la capacidad creadora pertenece al Estado. Así, quedó en un mero movimiento reformista y los herederos de su tradición espiritual, los ciudadanos europeos, volvieron al estatuto de conversos. Conversos devotos del Estado y sus lugares mediático-mercantiles de ampliación, mantenimiento y servicio.   La partidocracia es el régimen de poder que encarna el anti-humanismo o el humanismo políticamente fracasado. Su estabilidad se halla en preservar escrupulosamente la fractura entre Estado y sociedad civil, gobernabilidad y representación, orden y organización leal. La libertad política está tan frustrada hoy por la Política de Estado como el libre albedrío lo estuvo antaño por la omnipotencia divina. Pero, al menos, los conversos de hace mil años sabían que el universo divino era inaprehensible. Ahora casi todos dicen adiós al universo ibarrechiano creyendo que, efectivamente, el sol que calienta al lehendakari es el mismo que achicharra a la ciudadanía.

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