Colegio electoral (foto: gaelx) En el inicio de las “purgas estalinistas” se rechaza el Código Penal de 1926 porque aprecian en éste “un cierto modo aburguesado de medir las penas en función de la gravedad del hecho”. Lo que importa no es la culpabilidad personal sino la peligrosidad social: se puede encerrar a quien sea si es socialmente adverso de la misma manera que se debe soltar a un culpable si es socialmente afín.   Una lección que se desprende del totalitarismo y que podrían recoger los jurisconsultos al servicio de la Monarquía partidocrática, es que la figura penal de la prevaricación, por ejemplo, puede constituir una legal opción jurídica, ya que el Derecho ha de ser siempre instrumental, y no representar un obstáculo ante las necesidades políticas. Algo así como una “doctrina Botín” interpretada “a lo Garzón”.   Varias generaciones sucumbieron a la fascinación de la mentira y de la violencia, como fundamentales instrumentos políticos para lograr una peculiar justicia en un mundo nuevo que exigía la destrucción del viejo. Después del desplome real de esta utopía, ha sobrevenido una verdadera contrarrevolución cultural: no hay verdad alguna ni nada sustancial sobre lo que pensar, sólo cosas accesorias o accidentales sobre las que se vierten opiniones, aunque de las cosas que se sabe no debería opinarse ni tampoco de las que no se sabe. El respeto debido a las personas se reclama para las opiniones, que han de honrarse incluso siendo necias o maliciosas.   Quien se oponga a la realidad creada por el Poder será arrojado a las tinieblas exteriores de la corrección política. Los medios propagandísticos ya se encargan, con su constante pedagogía de la servidumbre y la resignación, de adoctrinar a los buenos vasallos del régimen e incrustar en sus cerebros el agradecimiento bovino de los que piensan: ¡Es por nuestro bien!   Se trata de conformar espíritus abatidos, que no tengan curiosidad ni estén dispuestos a acometer ninguna noble empresa; hombres cuyas inclinaciones sean todas pasivas como aquellos indios que creían que la inacción total es el más perfecto estado, dando al Ser Supremo (Panamanack) el nombre de inmóvil. O sea, los indiferentes al engaño, que legitiman la corrupción con el automatismo del voto al partido.

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