(Foto: Berain et. al.) La era Bush, la guerra David Serquera   En junio de 1997, cuatro años antes de la elección de George Bush como presidente de los EE.UU. y del atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York, notables de la política conservadora norteamericana fundan el Think Tank llamado “El Proyecto para el Nuevo Siglo Americano”. Se reúnen en él figuras más tarde conocidas internacionalmente por ocupar puestos relevantes en el gobierno Bush. El documento fundacional lo firman, entre otros: Donald Rumsfeld, después Secretario de Defensa; Paul Wolfowitch, quien estaría junto a Rumsfeld y posteriormente sería Presidente del Banco Mundial; Jeb Bush, gobernador de Florida y hermano de George Bush; el futuro vicepresidente, Dick Cheney; y quien lo fue de George Bush padre, Dan Quayle.   En el documento fundacional el objetivo más importante es el de conseguir el “liderazgo global de EE.UU.” a través de la “redefinición de la política internacional” hasta entonces llevada a cabo por la administración Clinton. Se conseguiría mediante “fortaleza militar y claridad moral” para “moldear las circunstancias antes de que la crisis emerja y afrontar las amenazas antes de que lleguen a ser calamitosas”.   En 1998 el grupo manda una carta al presidente Bill Clinton en la que se le pide que “elimine al régimen de Saddam Hussein en el poder” debido a que “en un futuro no distante seremos incapaces de determinar con un nivel de confianza razonable, si Iraq posee o no armas de destrucción masiva”. En 1997 William Kristol, presidente del “Proyecto para el Nuevo Siglo Americano”, había escrito por qué la expansión de la OTAN interesa a los EE.UU.: “Lo que importa es que el Senado y el público entiendan que el voto favorable a la ampliación de la OTAN es para prolongar el liderazgo de los EE.UU. sobre los asuntos europeos y para una política que se construya sobre las oportunidades presentadas por nuestra victoria en la guerra fría”. En 2003, ya con Bush sobre Iraq, Lewis E. Lehrman escribe sobre la política energética: “Dado que la connivencia no es tolerada en ninguna industria doméstica, por qué debemos tolerar la confabulación extranjera contra intereses vitales de EE.UU., especialmente de los países productores de petróleo cuya existencia política depende en gran medida del poder militar de los EE.UU.”.   Estos tres textos reflejan y anticipan a la perfección, independientemente de los acontecimientos históricos ligados al terrorismo, la política de EE.UU. en la era Bush. Así pues, la llamada guerra contra el terror, solo contiene el desarrollo de las ideas estructuradas antes del ataque del 11 de septiembre: En primer lugar, una política exterior caracterizada por el concepto de guerra preventiva, ilegal en el derecho internacional. Un concepto que fundado sobre una amenaza futura y no inminente, ocluye cualquier análisis objetivo de la realidad quedando las respuestas ejecutivas a merced de la percepción subjetiva de la amenaza. Y que llevado al límite conduce a la guerra permanente, es decir, al endeudamiento estatal y a los beneficios privados de los contratistas del Estado vencedor en la reconstrucción de lo destruido. Algo insostenible para una República.   Desde el nacimiento de los EE.UU., la guerra y la deuda pública estuvieron presentes en los enfrentamientos entre Thomas Jefferson y Alexander Hamilton. Para el primero, fundador de la academia militar de West Point como una academia de ciudadanos preparados para dirigir la milicia que protegería la libertad y la democracia del país, la presencia de un ejército permanente era el germen de la tiranía, y la guerra, el último recurso. Para Hamilton, sin embargo, América sería como “Palas, que aun amando la paz, si estuviera guiado por la sabiduría o por un sentido ilustrado de sus propios derechos o intereses, estaría dispuesto a ejercer victoriosamente su valor para romper el cetro del tirano”. Este sentido moral de compromiso ante la tiranía sería el epicentro del debate político americano un siglo después, tras la derrota del tirano español en Cuba y Filipinas. Theodor Roosevelt dio su propia interpretación de la doctrina Monroe: “la adhesión de los EE.UU a la doctrina Monroe podría llevarnos, en casos flagrantes de mala conducta, a ejercer como una potencia policial internacional” a lo que Mark Twain habría contestado con el diálogo entre el monje y el invasor (*).   Sin duda, la imagen de libertador trayendo la democracia y el capitalismo mediante la intervención armada contiene una mística que percute sobre los actores políticos más acomplejados, con esperanzas de poder imperial, y sobre los más ignorantes, con delirios idealistas de modernidad. Es impensable que una guerra en la que se bombardea a la población civil, se asaltan las casas durante la noche en busca de supuestos terroristas, y se tortura a los detenidos, pueda generar con la presencia del invasor, que ya no puede ser libertador en virtud de los medios empleados, un clima de libertad constituyente del que surjan las elites políticas capaces de ofrecer uno o varios proyectos constitucionales para que puedan ser elegidos por la población. Es impensable que la democracia formal sea considerada como un devenir histórico de la modernidad tecnológica como Fukuyama creyó. Si fuera éste el caso, Europa o Rusia serían democracias por la gracia de la técnica y no lo son. Sin embargo, Fukuyama pronto comprendería esto, y escribiría en contra del belicismo de Bush, para renegar del neoconservadurismo y presentarse como un nuevo wilsoniano: “Lo que se necesita ahora son nuevas ideas acerca de cómo América se va a relacionar con el resto del mundo, ideas que retengan la creencia neoconservadora en la universalidad de derechos humanos pero sin sus alucinaciones sobre la eficacia del poder Americano y la hegemonía para llevarlas a cabo”.   Pero no todos los neocon han seguido la misma trayectoria de Fukuyama. Bill Kristol, tan sólo hace un par de semanas declaraba en la Fox: “Espero que la administración esté dispuesta a hacer lo necesario para retirar el apoyo a Irán. Podría ser necesario llevar a cabo algún trabajo en su frontera”. A lo que Mara Liasson, analista de la Fox, contestó: “La administración Bush podría resistir políticamente un ataque contra Irán y un bombardeo no sería considerado como una guerra abierta”. Bill Kristol, apodado “el cerebro de Dan Quayle” es, también, editor de The Weekly Satandard, el periódico neoconservador por excelencia, e hijo del padrino de esta ideología, Irvin Kristol. Su periódico esta subvencionado por el magnate Rupert Murdoch de quien es consejero don José María Aznar. La fundación FAES, que éste preside, es miembro de la red Think Tanks en la que figura “El Proyecto para un Nuevo siglo Americano”, entre otros.   página siguiente (*) Recomendamos la lectura de esta hermosa sátira del genial Mark Twain que no pudo ser publicada en vida del autor por motivos obvios. El texto ha sido traducido por  Óscar.

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