Si la conducta comunitaria de las personas estuviera delimitada por sus genes, habría que concluir, teniendo en cuenta la teoría de la evolución, que la propia selección social dentro de colectivos sometidos a un históricamente continuado autoritarismo tendería a producir una mayoría de individuos cada vez más dóciles, al ser depurados los más rebeldes, ya fuera físicamente o por disponer de menores oportunidades vitales. Un somero repaso a nuestra historia, convierte a España en caso paradigmático. La situación señalada, se tornaría mucho más intensa si la supervivencia material de los sujetos hubiera de ser fruto obligado de una relación social desequilibrada y externa a los grupos primarios, exactamente el mundo laboral actual.   De acuerdo con la tesis inicial, cualquier confrontación individual con el poder ha de tener altas probabilidades de empeorar, como poco, el estatus del disidente. Los lazos familiares suelen actuar como un lastre. No mediando la desesperación, es necesaria una fuerte convicción moral, o la oportunidad de un sustancioso botín, para dar el paso. Pero las resistencias personales, por mucho que se adicionen, resultan estériles contra el orden establecido. Es necesaria la capacidad de intuir el mundo como algo construido y compartido para llegar más allá.   La acción colectiva resulta más difícil de conseguir (el premio se diluye) y costosa de planificar, pero tanto más efectiva cuanto más participada. Aún así, el riesgo se torna personal para los cabecillas, como igual de potente su oportunidad de ascenso si se triunfa. De todas maneras, el nexo de unión de las voluntades es la aspiración común al objetivo deseado; y la conexión natural, que asciende de lo individual a lo colectivo, ha de pasar necesariamente por la búsqueda compartida de un bien universal objetivable, lo que implica una asunción ética de los valores.   En la mocedad del espíritu, suele ser común buscar el destino al que dirigir nuestros pasos. Tanto, como en la madurez asentar la convicción por el último camino tomado. Para desactivar la juvenil rebeldía, nada habría más conveniente que una educación individualista y hedonista, ahíta de relativismo intelectual y moral, en una sociedad convenientemente parcelada, donde cualquier programa colectivo es patrimonio exclusivo de los órganos estatales o subvencionados. Basta que la propaganda pública convierta el orden político-institucional en inmejorable para sellar el redil.   “Eran cien ovejas” (foto: Memo Vasquez)

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