Las señales económicas son cada vez más alarmantes. El alegre endeudamiento de las familias a lo largo de la última década, con la ilusa perspectiva de una infinita revalorización de sus bienes hipotecados,  ha permitido un consumo desaforado que ahora está pasando una dura factura, tras la crisis inmobiliaria y el corte del grifo crediticio. ¿Quiénes preferirían ser pobres y libres en una democracia a ricos y siervos en una oligarquía?   Tocqueville entreveía la silueta de la tiranía de la mayoría, en la igualdad de condiciones económicas: azacaneados en la defensa de sus pequeños intereses, alejados de inquietudes espirituales o intelectuales, los ciudadanos que engrosan una clase media cada vez más voluminosa tenderán a establecer unas superestructuras donde sus vidas puedan desarrollarse tranquilamente, sin el albur de iniciativas que conturben la ordenada insustancialidad de esa mayoría social con similares recursos económicos.   Sería absurdo repudiar la tendencia a la igualdad económica, que Tocqueville aceptaba como cosa social irreversible en América y la vieja Europa. Sin embargo, sólo un pensamiento debilitado rehuiría las consecuencias políticas e ideológicas del consumo masivo de los mismos productos materiales y culturales.   La falta de criterios racionales y morales para discernir lo valioso de lo insignificante, lo real de lo aparente, lo honesto de lo depravado, permite que la apabullante información que segrega el mundo tecnificado, sea interpretada y  amasada para el consumo ciudadano, a través de las opiniones manufacturadas por la propaganda del sistema dominante, que empobrece la cultura y aplasta la naturaleza crítica e indagadora del pensamiento libre, con su unívoco y superficial mensaje, conformando a súbditos, incapaces de actuar con alguna grandeza y prestos a devolver acendrada sumisión por demagogia política.   Esa deformación uniformadora desborda las jeremiadas y los desprecios misantrópicos, así como las fútiles declaraciones de intenciones, hallando eficaz contención en la seguridad institucional de la promoción de la riqueza y libertad de pensamiento. Si las minorías pudiesen utilizar los mismos altavoces que las mayorías y discutir con éstas, equitativa y respetuosamente, quedaría abortado el peligro de homogeneización ideológica de la sociedad y sus epígonos políticos.   El afán indisimulado de la mayor parte de la población no es “a cada uno según sus necesidades” sino “a cada uno según sus deseos”, y ya se sabe que los deseos son ilimitados e imposibles de satisfacer completamente. La Historia ha demostrado que la felicidad o armonía públicas dependen de “una devoción firme y virtuosa a una Constitución” (J. Warren) que garantice la libertad política.

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