Hugo Chávez en Aló Presidente (foto: ¡Qué comunismo!)   El romanticismo europeo sustituyó el mito del buen salvaje por el del buen patriota de naciones empeñadas en liberarse del yugo imperialista. La idealización de estas luchas condenadas al fracaso en un mundo perverso, confería a los oprimidos una virtud que desaparecía en cuanto conquistaban la independencia nacional. Los griegos no defraudaron a Lord Byron, porque éste murió antes de que pudieran hacerlo. La emancipación de los pueblos colonizados fecundó el mito con extrañas creencias sobre sabidurías orientales o emociones negras que se oponían a la razón helénica.   Hugo Chávez ha adquirido conciencia de la tierra de la negritud. En su programa televisivo “¡Aló Presidente!”, transmitido desde Chuao, en el litoral central del país, donde la mayoría de la población tiene ascendencia africana, ha declarado que la verdadera “madre-patria” de los venezolanos no es España, sino la tierra americana, seguida por África. Este locuaz mandatario acusa a los europeos de someterles a un lavado de cerebro que incluye una maternidad inexistente.   Sin embargo, la Historia, esa irrenunciable madrastra, enseña que los españoles emprendieron su descubrimiento y conquista según los principios del Nuevo Testamento, mientras los puritanos ingleses conquistaron el norte de América según principios del Antiguo Testamento. Los españoles respetaron la vida de los indígenas infieles conforme a un espíritu misionero: querían sojuzgarlos para convertirlos al cristianismo, y no para exterminarlos, mientras los puritanos, imitando el estilo de un “pueblo elegido” se comportaron en América igual que los israelitas en la Tierra Prometida, acabando con los filisteos.   El proceso histórico mediante el cual España introdujo y mantuvo en América el modelo humano que su historia había forjado y con el que se identificaba, responde al nombre de “Imperio”. Defender la ya imposible pureza de las costumbres indígenas, arremetiendo contra la rocosa montaña de la Historia, es una burda manera de disimular la situaciones actuales de servidumbre, no las que atañen a la evidente y envolvente potencia estadounidense, sino aquéllas que permiten perpetuarse en el poder a los propios dirigentes, con la vitola de salvadores de la patria.

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