Año II, n° 289, lunes 6 de septiembre de 2010

Conversación (foto: warein.holgado)

La más hermosa de las criaturas, el idioma, está siendo violada con impunidad. La función vestal de los encargados de defender la pureza virginal de este tesoro se limita a describir la pornografía del atropello. Nuestro propósito es ofensivo. Atacar, no a la violación en sí, como deshecho gramatical, sino a los móviles bastardos de los violadores como hecho político. Ridiculizar la grosería idiomática desvelando la fabulación ideológica de donde proviene.

 

La innovación terminológica sólo está justificada cuando responde a la necesidad de designar un nuevo concepto; la novedad estilística cuando sintoniza con la moda, la gracia o el capricho estético de las nuevas generaciones. Las originalidades en el lenguaje, sin estos presupuestos, no significan más que degeneración o barbarie.

 

El periodismo político, en lugar de prever el futuro mediante el análisis del movimiento de la realidad social, trata de averiguar las intenciones del poder auscultando, como los sordomudos, las vibraciones de aire –flatus voci- producidas por el movimiento de sus labios.

 

Sin conocimiento y sin intuición de la gramática,  los periodistas  de  los  medios  de

comunicación oral repiten los engendros de dicción de las personalidades en boga. La infamia de los famosos, la mala palabra de los que tienen fama de tenerla buena, está alimentada por especialistas en ocultar el mal que hacen, o el bien que evitan, mediante deformaciones del sentido propio de los vocablos, que son violentados para no comunicar ideas o sentimientos sino apariencias o imágenes engañosas.

 

La transición política inauguró la enseñanza de esta especialidad poniendo al frente de la facundia “deslenguante” a dos profesores en demagogia. La fraseología de los distintos Presidentes del Gobierno, sus habituales defectos de expresión gramatical y literaria, su forma personal de mal decir denuncian, más que inhabilidad oratoria, un mal pensamiento conceptual de la democracia y un avieso propósito político.

 

Otra cosa es que alguno de ellos sea considerado un buen comunicador por la sintonía que se produce entre la confusión de su pensamiento y la falta de claridad en una sociedad civil confundida por la seguridad que trasmite la ambición de poder a un pueblo débil. Pero lo que se concibe mal se enuncia confusamente y las palabras para decirlo llegan torpemente.

Rafael Serrano
  
 
Justicia suplicante

El Tribunal Supremo (TS) ha aceptado su competencia para encausar al diputado del Partido Popular (PP) Sr. Uriarte por un delito contra la seguridad vial después de que el pasado mes de febrero diera positivo en una prueba de alcoholemia tras chocar el coche que conducía con otro vehículo. La Sala de lo Penal designa así como instructor al Magistrado D. Joaquín Giménez García acordando a la par en el mismo Auto pedir autorización al Presidente del Congreso, D. José Bono, por conducto del Presidente del TS, D. Carlos Dívar, para proceder contra Uriarte “con todas las consecuencias legales”.

 

El privilegio irrenunciable de D. Ignacio Uriarte, Presidente de Nuevas Generaciones del PP y para más inri Vocal de la Comisión de Seguridad Vial del Congreso a fecha de los hechos, provocó la suspensión del juicio rápido incoado por el titular del Juzgado de Instrucción nº 1 de Madrid tras solicitar la correspondiente certificación a la Cámara Baja sobre la condición de aforado del inculpado por delito común. Recibida ésta, el Juez remitió el atestado policial completo al TS. Aunque Uriarte refiriera al poco de los hechos estar dispuesto a ser juzgado por el órgano predeterminado por la ley procesal, lo cierto es que el Ministerio Fiscal subrayó la irrenunciabilidad del foro mientras no dejara su escaño, lo que a día de hoy no ha sucedido.

 

El privilegio procesal del aforamiento en el enjuiciamiento criminal de parlamentarios, miembros del ejecutivo o de la propia judicatura más allá de las manifestaciones que realicen en el ejercicio de sus funciones, supone un privilegio injustificable que atenta contra los principios de juez predeterminado por la ley y el más elemental de igualdad entre justiciables, no sólo por elementales razones de equidad, sino por la posición privilegiada de estos aforados que en abstracto facilita la ejecución de conductas criminales con mayores posibilidades de impunidad. Sin embargo, lo más grave del suplicatorio, más allá de lo simbólico de las formas, es el carácter de permiso expreso e imprescindible que la Justicia ha de cumplimentar y obtener para proceder conforme a Derecho frente a miembros de los otros poderes del Estado. Cualquier atisbo de eficaz contrapeso institucional se viene abajo cuando debe suplicarse la realización de la función estatal constitucionalmente asignada.

Pedro M. González