Año II, n° 289, lunes 6 de septiembre de 2010
Antonio García-Trevijano
  
De la inmoralidad política a la corrupción económica (El Independiente, febrero de 1990)

En el debate parlamentario sobre la moralidad política del vicepresidente del Gobierno, la autodefensa de un caso de mendacidad personal se convirtió en apología doctrinal de la inmoralidad política, de la falta de ética en la acción de gobierno. Esta ingenuidad vicepresidencial, su espontánea extrañeza de que el cinismo y la mentira puedan ser motivos de dimisión, ha provocado una reacción de sinceridad, fuera y dentro del Parlamento, que ha puesto fin al inmoral consenso. La transición ha terminado porque el consenso sobre la necesidad política de la falsedad y la mentira, como sistema de gobierno, ha terminado.

 

La sensibilidad moral de la sociedad española, demasiado tiempo anestesiada por varias circunstancias nacionales e internacionales, está cambiando en la medida que dichas circunstancias comienzan a desaparecer o a modificarse. El escándalo público ante las mentiras del poder es síntoma indefectible de libertad y sanidad moral. Comentando la escasa capacidad de indignación de la opinión ciudadana publiqué un artículo (“El País” 24-4-89) demostrativo de que “la desorganización ética” era consecuencia y fundamento de una transición basada en el consenso. La intervención parlamentaria del vicepresidente ha confirmado este diagnóstico con una lección magistral de anarquía moral y cinismo político. Afortunadamente, esta deconstrucción moral sólo fue compartida por el suarismo y los vasco-catalanes heterodeterminados, es decir, por los autores del pacto constituyente de la transición, por la medula originaria del consenso.

 

La mayoría de los ciudadanos, educados en una sociedad convencional, tienden a considerar los casos de corrupción como fenómenos personales y aislados que afectan de repente a personajes habitualmente intachables, pero débiles de carácter ante tentaciones irresistibles o pasiones desbordantes. La realidad es diferente. Cuando un reducido número de dirigentes se acostumbra a pensar y actuar colectivamente, en convivencia casi permanente, la corrupción moral de uno de ellos sólo puede ser personal si choca con la idea de moralidad colectiva de los restantes.

 

Normalmente sucede lo contrario. En un partido que tira por la borda las ideas sociales que inspiraron su constitución, la ambición colectiva de poder, la táctica colectiva para adquirirlo o conservarlo, convertidas en desnuda obsesión, van poco a poco minando los escrúpulos morales de sus dirigentes para hacer fechorías que fuera del ámbito de poder del grupo no se atreverían siquiera a imaginar. La ética partidista comienza a separarse de la moral natural. Hasta que la prevalencia, sobre cualquier otra valoración, del interés de jefe y del grupito de incondicionales llega a ser tan absoluta que fuerza la dimisión de los elementos que conservan restos de su primitiva moralidad natural.

 

El grupo dirigente no tiene conciencia de estar moralmente corrompido, sino especialmente inspirado para la percepción de la realidad del poder y del modo realista de ganarlo y conservarlo. Para estos hiperrealistas dirigentes, los críticos son moralistas utópicos que no saben de política. Cuanto mayor es la importancia que dan a las cuestiones disciplinarias, a la ausencia de tendencias organizadas en el seno del partido, a la fidelidad al jefe, mayor es también la distancia que se abre entre la moral interna del partido y la moral externa de la sociedad.

 

El escándalo público es la chispa final que salta, para descargar la tensión social existente entre dos moralidades objetivas de signo contrario, cuando entran en contacto la opinión absolutoria del partido y la opinión condenatoria de la sociedad sobre la conducta política de un dirigente partidista.

 

Antes de llegar a esta descarga emocional, el antagonismo moral y el conflicto social han estado largo tiempo larvados y encubiertos por ideologías engañosas y por propagandas de imagen pública. Así se explica el fenómeno social, tan característico de nuestro tiempo, de que las mismas personas que antes veían cualidades intelectuales y de carácter en determinado gobernante, se pregunten extrañadas, una vez perdida la aureola del cargo o conocida la corrupción, cómo es posible que haya podido ser presidente o vicepresidente del Gobierno, de una nación cargada de historia, alguien tan vulgar, tan inculto, tan insensible. La explicación es simple. Esas personas no han sido seleccionadas con criterios democráticos. Tienen la fortaleza de que las reviste el cargo. Representan el papel artificial de una imagen.

 

Los personajes políticos de la transición, salvo algunos líderes regionales, traen la razón de sus cargos en designaciones autoritarias o en audaces saltos a la cúpula del partido. La transición misma tiene su causa original en el compromiso contraído por los servidores del régimen dictatorial con unos jóvenes que habían arrebatado a los dirigentes tradicionales del PSOE los puestos de control del partido. Ese compromiso fundacional del régimen político actual estuvo promovido y patrocinado por el Departamento de Estado americano y por la socialdemocracia alemana. Su finalidad fue homologar el sistema político de España con los de Europa occidental, por medio de una reforma liberal de la dictadura que impidiera la participación política del pueblo en el proceso.

 

A este compromiso bilateral, entre la legalidad franquista y la legitimidad democrática de la oposición, se le llamó consenso por dos motivos disimuladores. Ocultar la naturaleza moralmente corrompida del pacto transaccional del PSOE con la dictadura, y crear la imagen de que los demás dirigentes, salidos del franquismo o de la oposición, no eran, como fueron, puros comparsas en el pacto de poder Suárez-González.

 

Para llegar a esa oportunidad de privilegio, para estar allí como solos legitimadores de la legalidad reformista del franquismo, para partir con ventaja respecto a los demás grupos democráticos, los jóvenes dirigentes del PSOE tuvieron que cometer demasiadas fechorías, dentro y fuera de su partido. No fue la menor traicionar el compromiso firmado de no aceptar su legalización sin la de los demás partidos, incluido el comunista. Tampoco fue pequeña la de presionar en Bruselas para que no llevara a cabo la suspensión de las negociaciones con España mientras permaneciera en prisión el promotor de la unidad de la oposición, de la que formaba parte el propio PSOE.

 

Los jóvenes dirigentes del PSOE aprovecharon bien la oportunidad que tuvieron de legitimar al presidente del Gobierno de la monarquía dictatorial. Antes que nada impusieron a Suárez el sistema proporcional de listas cerradas. Sabían que este simple mecanismo les daría el control férreo de su partido. Con este truco legal podrían transformar a un partido de tradición ideológica en una máquina electoral y prebendaría al servicio del poder personal y del culto a la personalidad de un jefe. Es a partir de ese momento cuando la inmoralidad política del PSOE va a alcanzar una trascendencia histórica.

 

Colocados en esa posición de ventaja, financiados por la socialdemocracia alemana, piden elecciones antes de que se instauren las libertades, antes incluso de que estuvieran legalizados los partidos de izquierda y los partidos republicanos. Hacen creer a la opinión pública que los diputados de las primeras elecciones legislativas están legitimados para aprobar una Constitución, sin abrir un proceso constituyente, sin convocar elecciones a Cortes constituyentes. Mediante esta usurpación, el poder constituyente del PSOE y del Gobierno Suárez hace de la Constitución del Estado un simple reglamento, a la medida del juego de la clase política, sin separar los poderes del Estado, sin garantizar a los individuos contra las injerencias del poder en las esferas de la sociedad civil y de los derechos humanos.

 

Por eso ha sido posible la aberración jurídica de Rumasa, el escándalo de los GAL, y que ahora, el Parlamento no pueda impedir ni controlar la corrupción del poder ejecutivo por tráfico de influencias.

 

La corrupción económica, cuando afecta a un dirigente de partido, es una derivación tardía en la conciencia individual de un largo proceso de degeneración moral en la conciencia política de grupo. El afán personal por el dinero ilícito es sólo síntoma, y no causa, de una previa corrupción política de carácter colectivo.

 

Es psicológicamente congruente que, sin estar personalmente interesado en incrementar su fortuna, el vicepresidente no sienta repugnancia, por corrupción colectiva, de que otro miembro de su entorno, su familia, o su propio partido se valgan de su influencia para obtener un lucro ilícito.

Comentarios (11)
febrero 22, 2010     
Muchas Gracias por traer este artículo. La primera vez que, indirectamente, tuve noticia de Antonio García-Trevijano, yo era un adolescente y mi padre me trajo un artículo de EL PAIS firmado por Rafael Sánchez Ferlosio, en respuesta a este artículo que hoy tenemos aquí. Por entonces mi padre me pidió que prestase mucha atención a la polémica porque según él García-Trevijano y Sánchez Ferlosio eran sin duda dos de las pocas mentes lúcidas e inteligentes que por entonces se expresaban públicamente en España. Lamentablemente la polémica se me quedó coja porque nunca pude leer el artículo original de García-Trevijano que es el que hoy tenemos aquí; y tengo entendido que más tarde el propio García-Trevijano replicó a Sánchez Ferlosio, pero no se si esa réplica obrará en poder de algún repúblico. En cualquier caso os traigo yo también aquella respuesta de Sánchez Ferlosio porque el debate me parece de sumo interés. Ahora me doy cuenta de lo importante que hubiera sido leer el artículo original de García-Trevijano. Os paso el atículo de Sánchez Ferlosio en otro comentario

Un abrazo a todos
Juan Sánchez

febrero 22, 2010     

1ª parte del artículo
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RAYADO COMO UNA CEBRA
Rafael Sánchez Ferlosio
EL PAIS 18 de febrero de 1990

El escándalo corría / rayado como una cebra (García Lorca)

De un artículo de Antonio García Trevijano, titulado De la inmoralidad política a la corrupción económica y publicado en El Independiente del 10 de febrero de 1990, entresaco el pasaje siguiente:

"La sensibilidad moral de la sociedad española, demasiado tiempo anestesiada por varias circunstancias nacionales e internacionales, está cambiando en la medida que [sic, en lugar de "en que"] dichas circunstancias comienzan a desaparecer o a modificarse. El escándalo público ante las mentiras del poder es síntoma indefectible de libertad y sanidad moral".

En cuanto a la primera frase, me pregunto si el autor piensa que lo que llama "sensibilidad moral" coincide con la sensibilidad política o, por lo menos, con un aspecto de ésta, porque mi opinión es que la primera puede ser tan ajena a la segunda hasta el punto de funcionar como un sustitutivo, como un Ersatz, de ésta, conforme me propongo formular más adelante; por otra parte, y puesto que el artículo toma por referencia cierto reciente escándalo que huelga mencionar, sospecho que ha convalidado sin más como criterio de medida del aumento de sensibilidad moral que atribuye a la sociedad la dimensión que a tal asunto han dado los periódicos; cierto que, en una economía de mercado, la industria periodística -como cualquier otra industria- suele afinar bastante en acertar con la demanda cuya satisfacción va a resultar más rentable para ella, mas no por eso deja de ser una anticipación atribuir a la demanda los datos registrados en la oferta, por no hablar de los procesos de realimentación positiva que pueden desencadenar los justamente llamados creadores de opinión, y de modo especial con lo que precisamente por tal capacidad designamos como escándalos. En cuanto a la segunda frase, el autor tendría que haber tenido más cuidado con el uso de esa misma voz, escándalo, al que celebra como "síntoma indefectible de libertad y sanidad moral"; -por lo demás -y dicho sea de paso-, al "escándalo público ante las mentiras del poder" (donde más bien debería haber escrito "de los poderosos") yo contrapongo y prefiero la clarividencia frente a la mentira congénita del poder como presunto gestor de los intereses colectivos, lo que no admitiría el nombre de escándalo ni caería bajo el rótulo -un tanto repugnante, a decir verdad, al menos para un oído tan poco casto como el mío- de sanidad moral, aunque sí de libertad, si es que esta palabra vale tan siquiera dos perras gordas todavía, y, desde luego, de vitalidad política.

Pero aun tomando en el mejor sentido posible la, a estas alturas, maloliente expresión de sanidad (o salud) moral, el escándalo, o mejor, la propensión a escandalizarse, es el peor de los síntomas indicativos del sentido moral y la virtud. La propensión a escandalizarse es justamente la roña y la miseria característica del virtuoso, la enfermedad específica y endémica a que se halla siempre expuesto el virtuoso, o más precisamente quien tiene el sentimiento de la propia virtud. La denuncia de esta miseria es tan antigua como la parábola del fariseo y el publicano. El fariseo es el que encarece y eleva a modo de torre su virtud por comparación y por contraste especular con la hondura del pozo del pecado ajeno. El farisaísmo consiste en constituir a la conciencia virtuosa en legítima acreedora de la deuda que el pecador contrae por su pecado; el fariseo concibe, pues, su virtud como un capital cuya renta sería el pecado ajeno. El momento psicológico del escándalo, en que el fariseo se rasga las vestiduras, es el momento de la reclamación y el cobro de la renta que la culpa acredita a la virtud. El escándalo es el medio específico de la autoafirmación moral; tal autocomplacencia explica la avidez de drogadicto con que el virtuoso corre constantemente en busca de motivos para escandalizarse. Conspicua manifestación del placer de escandalizarse es la histriónica actitud -¡tan española!- de quien, en la tertulia del café, se crece y se jalea, gesticulante y tonitruante, bramando enardecido en santa ira, apurando, en fin, hasta la última gota la ocasión de cargarse de razón. Cargarse de razón muestra una vez más el genio de la lengua castellana, al expresar de modo insuperable la operación de capitalizar en el haber de la conciencia propia la sinrazón ajena.

febrero 22, 2010     
2ª parte del artículo
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En un plano más general, lanecesidad psicológica de escandalizarse es una compensación, a modo de sustitutivo, de la extrema reducción de la esfera de competencia ética y política de quienes no tienen más campo de actuación y de influencia que el que se encierra dentro de los límites de su privacidad. Así la sensibilidad moral que se manifiesta en forma de receptividad para el escándalo, en vez de ser, como pretende García Trevijano, síntoma de libertad, es, por su índole de Ersatz compensatorio, indicio y lenitivo de su falta. El escándalo, lejos de ser estímulo liberador que incite a los particulares a irrumpir hacia los negocios públicos, funciona Justamente como un opio que les permite conformarse, sin saberlo, con su privacidad. Su ensueno se parece a la ilusión mágica de quienes creen que clavando alfileres en la efigíe en cera de personas que se hurtan totalmente a sus alcances están ejerciendo algún poder real sobre ellas. El escándalo engaña la impotencia pública de quienes se hallan condenados a la privacidad. Y ésta es probablemente la razón de que el contenido característico del escándalo no sean las actuaciones públicas del poder constituido, sino las conductas privadas de quienes tienen parte en su ejercicio. Con lo que tampoco quiero decir que falte cierto grado de sensibilidad para aquellas actuaciones, pero ni se manifiesta como escándalo ni alcanza, ni de lejos, el mismo grado de atracción que éste, lo que ni el más ingenuo de los periodistas se atrevería a negar.

En la medida en que sirvan a la necesidad psicológica del escándalo -y el amarillo viscoso de las revistas se está corriendo últimamente de manera alarmante hacia los diarios-, los periódicos están cubriendo una demanda cuya naturaleza no puede, ciertamente, permitirles creerse dedicados a una ocupa- -ción socialmente más responsable o más beneficiosa que la de los fabricantes y los explotadores de las máquinas tragaperras. Si las máquinas tragaperras, así como los bingos, son una droga que adormece el sentimiento de nulidad económica, el escándalo es una droga que anestesia el sentimiento de nulidad política.

El mal está en que, a la vista de la mucho mayor receptividad del público para los chismes y trapisondas más o menos particulares de los dirigentes -por no hablar de los gratuitos, aunque no baratos, personajones y personajonas de la jet-, que García Trevijano no vacila en llamar "sensibilidad moral", frente a la escasa sensibilidad de ese mismo público ante las más delirantes, catastróficas y destructivas -cuando no escabrosas- actitudes y actuaciones administrativas del Gobierno, los periódicos tienden cada vez más a centrar la información política en las personas, y la crítica, en sus mayores o menores aventuras e irregularidades de conducta pública o privada, incluyendo el registro minucioso del más inane y banal trasiego cotidiano de posicionamientos respecto de este o aquel partido o sus facciones. De esta manera, la información y la crítica política, por el, afán de responder a la demanda más golosa de los consumidores de periódicos, se ven desviadas del que debería ser su objeto principal: no las personas, sino los asuntos; no los gestores, sino los contenidos objetivos de la gestión misma. Éstos son relegados, ya sea en cuanto al volumen proporcional de letra impresa, ya en cuanto a la suficiencia de los datos, a un plano secundario y a veces marginal o incluso inexistente.

Pero en relación con el escándalo reciente -que García Trevijano se goza en celebrar como "síntoma indefectible de libertad y sanidad moral"-, aparte del motivo de la muy superior rentabilidad económica de las personas frente a la de los asuntos, pocos periódicos osarían negar, como motivación sobreañadida, que -tal como apuntó el diputado señor Roca- se trataba de ir a por el vicepresidente del Gobierno, de intentar cargárselo sin más ni más, por el camino que más expeditivo y eficaz les pareciese, aun a costa de ser también el más superficial y deletéreo tanto para el periodismo como para la política. Y sería enteramente farisaico, por su parte, tratar de justificar la elección de tal camino, recurriendo al ¡máseres-tú! de redimirlo con el rabioso amarillismo oral de la segunda intervención del vicepresidente en la sesión de marras (y de modo especial -me importa recordarlo- con una alusión de tal vileza y tal bellaquería como la que dedicó a una hermana del actual presidente de Galicia), en que emuló a los mismísimos limones, que tal vez hayan decidido hacerse azules por el bochorno de ver vilipendiada y deshonrada hasta tal punto la incomparable belleza y dignidad de su color.

febrero 22, 2010     
3ª parte del artículo
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Pero ¿por qué -podrían ustedes preguntarme- me empeñoo en reputar el amarillo camino (del escándalo como el más superficial y deletéreo tanto para el periodismo como para la política? ¿Considero superficial y baladí el interés por la honestidad pública y privada de los dirigentes? No quiero decir tal cosa, sino que estimo, incluso, que, llegadas al punto a que han llegado las sospechas, la cerrazón de la mayoría socialista ante la formación de una comisión parlamentaria resulta inadmisible (aunque mucho más grave fue el que no se formase y apenas se pidiese en un caso como el de los fondos reserva dos de Interior, que lo exigía in finitamente más). Lo pernicioso del camino del escándalo está en la desproporcionada magnitud comparativa de su poder de atracción del interés del público y en la motivación puramente moralista que, en detrimento del interés político, da lugar a una tal desproporción. En tal sentido, la insaciable demanda de que goza el mercado del escándalo no es sino síntoma de despolitización, de privacidad y de conformismo. La creciente respuesta a tal demanda por parte de la Prensa contagia a los políticos y a los partidos, que descubren la alta y fácil rentabilidad política del personalismo en connivencia y por analogía con la no menos alta rentabilidad económica que éste supone para el periodismo. La tragedia, por no decir tragicomedia, de la libertad de prensa y expresión viene del hecho de que la empresa periodística privada se vea mediatizada por la necesidad de someterse a la ley del mercado y acomodar, en mayor o menor grado, su oferta a la demanda dominante en una sociedad cada vez más privatizada y más desentendida de los negocios públicos, rasgos sociales que se derivan a su vez, como en un círculo vicioso, de esa misma economía de mercado que condiciona la oferta de la Prensa, convirtiendo en escarnio la tan cacareada libertad de expresión. Los periódicos se ven, de esta manera, condenados a seguir el triste lema del precocísimo inventor de la industria cultural, Lope de Vega: "... porque si bien las paga el vulgo es justo / hablarle en necio para darle gusto". ¿Propongo, pues, una Prensa subvencionada y dirigida o un económicamente inviable aristocratismo periodístico? La más cómoda e innoble forma de deshacerse de una crítica es descalificarla mediante la objeción de que no ofrece soluciones de recambio. Rechazo esa objeción, y me limito a poner de manifiesto el miserable callejón sin salida en que se hallan la libertad de expresión y el periodismo en una economía de mercado, y lo ilusorias que, en semejante panorama, pueden llegar a ser las ínfulas del periodista que no vacile en la convicción de la nobleza de su función social de informador y de creador de opinión pública. Pero, entiéndanme bien, recomendar la duda no es lo mismo que aconsejar la capitulación.



En todo lo que antecede he hablado una y otra vez del interés por los asuntos, en contraposición al interés por las personas. Como mi pretensión está bien lejos de hacerme el sibilino, voy a poner ahora unos cuantos ejemplos -espigados al azar de la prensa de los últimos días- de lo que entiendo por asuntos, que están pidiendo a voces la intervención del interés político. El primero de ellos ha de ser, por orden lógico, el que parece más general y comprensivo, y que, a modo de caja vacía, se irá llenando y concretando, no con todos, pero sí con gran parte de los demás asuntos. Como en el libro de los ejercicios del santo maestro Ignacio de Loyola, Principio y fundamento.

El Gobierno socialista ha concebido en gran parte al Estado como una magna agencia publicitaria puesta al servicio del Gobierno mismo, y en algún caso -lo que tampoco es mucha mejoría-, de la nación.

febrero 22, 2010     
4ª parte del artículo
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Primer asunto: el tren de alta velocidad; proyecto absolutamente destructivo para una geografía como la de España, que acabará matando casi toda la red ferroviaria, en el que se ha desoído la opinión de los expertos, se ha omitido el deber de someterlo a información pública, se han burlado, mediante la astucia de anticiparse a su entrada en vigor, las prescripciones de la Comunidad Europea en cuanto a la obligación de que el proyecto se supedite al visto bueno de la población de las comarcas físicamente afectadas, y finalmente, par dessus le marché, se ha tirado sin más ni más de pico y pala en la línea Madrid-Sevilla, con un presupuesto tan atropelladamente improvisado que comportaba un error por defecto de tamafla magnitud como el que media entre los 120.000 millones de pesetas y los 260.000 millones en que ha sido cifrado por una ulterior y más escrupulosa evaluación. Es de justicia decir que de este asunto la Prensa no ha dejado de ocuparse con una cierta amplitud; las apologías, aunque gloriosamente triunfales, han sido bastante menos numerosas que las críticas; pese a lo cual, las segundas son las que han hecho el papel de voz en el desierto.

Segundo asunto: grandiosa destrucción de la isla de La Cartuja, de Sevilla, con sus 200 hectáreas recalificadas como solar publicitario consagrado a la exaltación del pentacentenario cumpleaños de la Sangrienta Epopeya Nacional, con las más prometedoras posibilidades de convertirse ulteriormente en terreno de exquisitas especulaciones urbanísticas. Presupuesto estimado: un millón de millones, con un 3,5% a descontar para beneficencia destinada a los países de la parte ultramarina del otrora Imperio Español o Carolino.

Tercer asunto: serie publicitaria titulada España universal, con 17 entregas, cada una de ellas dedicada a una comunidad autónoma distinta, y destinada a la proyección televisiva tanto en programas españoles como del exterior si es que es posible. Presupuesto: 1.200 millones de pesetas.

Cuarto asunto: monumental esfera armilar publicitaria de 92 metros de altura, a construir en el paraje de Valdebernardo, junto a una urbanización de 5.400 Pisos de protección oficial y otros 600 de precio libre. Sobre este proyecto, los señores don Eduardo Chillida, don Martín Chirino, don Julio E. Hernández, don Antonio López y don Lucio Mufloz han escrito, entre otras cosas, lo siguiente: "Es un acierto el hecho de elegir para esta ocasión, el año 1992, un monumento didáctico con estas características de atemporalidad, de maravillosa inutilidad, y que resume el esfuerzo y la aventura del hombre en toda su historia ( ... ) En una sociedad empujada hacia el practicismo tan agobiante y chato, es un acierto que se realice esta obra tan atrayente e imaginativa" (EL PAÍS, 11 de febrero de 1990). Sobre este monumento, proyectado por el escultor don Rafael Trenor y el ingeniero don Antonio Fernández Ordóñez, don Luis Yáñez, presidente de la sociedad estatal Quinto Centenario, ha declarado que la obra ha sido asignada a dedo, o sea, sin concurso, a causa de las prisas. El presupuesto es de 6.000 millones de pesetas, aunque un experto me asegura que ni por sueño va a costar "tan poco". El único diario de Madrid que ha hecho un comentario crítico a la grandiosidad, el horterismo y el despilfarro del proyecto ha sido El Mundo.

Quinto y último asunto (no comprendido en el Principio y fundamento): los créditos del llamado Fondo de Ayuda al Desarrollo han sido concedidos primordialmente para levantar la industria armamentística espaflola, coordinando el crédito otorgado al país beneficiario con la asignación por parte de éste para la compra de productos armamentísticos españoles. De los diarios de Madrid, sólo El Independiente ha criticado, en el editorial del 1 de febrero de 1990, semejante enormidad.

Termino: como puede apreciarse, entre los asuntos hay cosas mucho más dignas de dar lugar a la formación de una comisión parlamentaria, de desencadenar verdaderas tempestades de condena e indignación; pero si la Prensa, los políticos y el público prefieren preocuparse del empleo de un despacho oficial para poner lo que, al lado del gigantesco despilfarro publicitario con una estética monumentalista de signo fascistoide, no es más que un puesto de pipas, allá ellos.

febrero 22, 2010     
Ahora me doy cuenta de que el problema principal, el punto de desencuentro en el cual los discursos de Sánchez Ferlosio y García-Trevijano se separan y ya no pueden encontrarse, es en la discontinuidad que el primero establece entre las conductas privadas de quienes toman parte en el ejercicio del poder y las actuaciones públicas del poder constituido. No tiene sentido tal discontinuidad. O dicho de otra manera, si no existe rechazo alguno a determinadas conductas privadas de quienes toman parte en el ejercicio del poder, es imposible esperar que vaya a manifestarse rechazo alguno ante determinadas actuaciones públicas del poder constituido. Entre reirse de la torpeza de un corrupto que ha metido mano en la caja pública sin la suficiente discreción para evitar que su robo trascendiese y reirse y condenar a los GAL por ineficaces, por torpes, no hay ninguna diferencia de fondo, al menos en la concepción del ejercicio del poder que subyace en esas actitudes. Más aun, tan importante como delinear la frontera que separa la vida privada de las actuaciones públicas de los poderosos es también el saber hasta que punto las acciones privadas, por sus consecuencias, se convierten inmediatamente en acciones públicas. Si úna accíón privada trae como consecuencia pública que un Gobierno pueda extrañarse, en sede parlamentaria, de que se le pidan cuentas por una corrupción menor, esa acción privada ha dejado de ser privada. Mucho más importante que el dinero sustraido es la corrupción que subyace en la disculpa de esa conducta.

Un abrazo
Juan Sánchez
Si, querido Juan, recuerdo mi dura contestacion a Ferlosio, basada en el origen etimologico de la palabra escándalo, plenamente apropiada al caso; en que yo no podía escandalizarme de lo que esperaba; en que la indudable hipocresía del escándalo era preferible y mas saludable que el cinismo de la prensa amordazada ante la gran corrupcion del gobierno de Felipe Gonzalez, que había aprovechado un asunto menor para erosionar al Vicepresidente Guerra; y que en todo caso ante la opinion era sintoma de una incipiente libertad de expresión que antes no se habia manifestado teniendo mayores motivos para hacerlo. Es posible que este sea el recuerdo y no la exacta realidasd de mi escrito. Al que no contestó Ferlosio. No recuero si lo publicó El Independiente o El País. Abrazos.
febrero 22, 2010     
Hay dos textos en El Independiente, una segunda parte de este artículo "La inmoralidad política como factor de gobierno" y una contestación a Sánchez Ferlosio "Licencias de un escritor", que publicaremos las próximas semanas.

Abrazos.
febrero 23, 2010     
Querido Rafael

Si el diario va a publicar una segunda parte y una respuesta a Sánchez Ferlosio, dime por favor si te parecería adecuado que yo te envíe el artículo de Sánchez Ferlosio en un documento de Word o en el formato que tú me digas (PDF tal vez sería mejor) para que lo incluyais en algún enlace dentro del propio diario, si eso es posible. Entiendo que de esta forma el seguimiento de la polémica sería más fácil, (mejor así que incluir el artículo de Sánchez Ferlosio en la sección de comentarios, como he hecho yo) pero en cualquier caso tú me dirás que es lo más correcto.

Un abrazo fuerte
Juan Sánchez
febrero 23, 2010     
Querido D. Antonio

Me parece especialmente brillante el siguiente párrafo:

"La mayoría de los ciudadanos, educados en una sociedad convencional, tienden a considerar los casos de corrupción como fenómenos personales y aislados que afectan de repente a personajes habitualmente intachables, pero débiles de carácter ante tentaciones irresistibles o pasiones desbordantes. La realidad es diferente. Cuando un reducido número de dirigentes se acostumbra a pensar y actuar colectivamente, en convivencia casi permanente, la corrupción moral de uno de ellos sólo puede ser personal si choca con la idea de moralidad colectiva de los restantes. Normalmente sucede lo contrario. En un partido que tira por la borda las ideas sociales que inspiraron su constitución, la ambición colectiva de poder, la táctica colectiva para adquirirlo o conservarlo, convertidas en desnuda obsesión, van poco a poco minando los escrúpulos morales de sus dirigentes para hacer fechorías que fuera del ámbito de poder del grupo no se atreverían siquiera a imaginar. La ética partidista comienza a separarse de la moral natural. Hasta que la prevalencia, sobre cualquier otra valoración, del interés de jefe y del grupito de incondicionales llega a ser tan absoluta que fuerza la dimisión de los elementos que conservan restos de su primitiva moralidad natural.El grupo dirigente no tiene conciencia de estar moralmente corrompido, sino especialmente inspirado para la percepción de la realidad del poder y del modo realista de ganarlo y conservarlo. Para estos hiperrealistas dirigentes, los críticos son moralistas utópicos que no saben de política. Cuanto mayor es la importancia que dan a las cuestiones disciplinarias, a la ausencia de tendencias organizadas en el seno del partido, a la fidelidad al jefe, mayor es también la distancia que se abre entre la moral interna del partido y la moral externa de la sociedad."

No he leído nunca mejor explicación de los funestos efectos que tiene la solidaridad intragrupal (si se me admite la expresión), o como suelen decir "el espíritu de cuerpo" sobre el comportamiento de los individuos que forman parte de esa colectividad. Hay como una especie de personal desresponsabilización, de delegación del propio pensamiento en el todo externo, ¡y no solo del propio pensamiento, sino hasta incluso de la propia responsabilidad!. Responsabilidad del grupo que es como decir responsabilidad de nadie porque el grupo es mucho más que la suma de los individuos que lo conforman: les trasciende y estos quedan anulados, o mejor dicho autoanulados. Al igual que una fratría de juramentados. Recuerdo una reflexión del propio Rafael Sánchez Ferlosio acerca de los nefastos efectos sobre la vida pública del "espíritu de cuerpo" que impera en los partidos políticos y en los cuerpos y fuerzas de seguridad (esto último venía a cuento del caso GAL), con lo que en realidad, pñaradójicamente, creo que venía a darse la mano con lo mismo que usted dice aquí. Con la diferencia fundamental de que, si somos coherentes con la crítica, si no queremos perder de vista los efectos que sobre el comportamiento de los individuos tiene el espíritu de grupo denunciado, entonces ya no cabe discontinuidad alguna entre ese mismo comportamiento personal y la moral del grupo que explica el comportamiento público de sus miembros. Al revés, precisamente esa moral grupal es la que explica el comportamiento privado de sus integrantes.

Un abrazo fuerte
Juan Sánchez
febrero 23, 2010     
Querido D. Antonio

Relativo al choque que se produce entre la moral pública y social y la moral del grupo, que usted comenta en este artículo, ¿cabe emparentar ese choque con el concepto mismo de "razón de estado"? Yo creo que la teoría de la "razón de estado" aparece en el momento en que el poder reclama para si una moral autónoma y particular separada de la moral religiosa y de cualquier otra moral previa. La "razón de estado" existe desde el momento en que el poder tiene sus propias y particulares reglas de actuación. Y parece una constante histórica que la primera de esas reglas sea el imperativo de la autoconservación del poder. No digo que todo poder no haya tendido siempre a su autoconservación, pero creo que hasta el siglo de Maquiavelo no empieza a aparecer una teorización consciente y sistemática del poder político como algo de naturaleza independiente y separada de toda restricción moral externa. Quizás cuando el vicepresidente se extrañaba de que la mentira pudiera ser causa de dimisión no hacía otra cosa que profesión pública de fe en la razón de estado. Como buen hombre de estado, podríamos añadir.

Un abrazo fuerte
Juan Sánchez

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