Foto Ximo Amat Gomariz

XIMO AMAT

Cualquiera que frecuente las redes sociales de mayor tráfico con la finalidad de intentar difundir las ideas del MCRC, se habrá dado de bruces con algún defensor de lo que denominan el voto útil, esta vez en forma de los nuevos partidos del espectro electoral, los llamados jóvenes, nuevos, regeneracionistas, e incluso, salvadores. Yo por lo menos ya he mantenido varios envites con alguno de los ‘defensores de las urnas’, gente que al contemplar que desde nuestro movimiento se defiende la abstención libre y consciente, salta a la más mínima para preguntar de forma inmediata:

¿Y después de conseguir un 60 o 70 por ciento de abstención qué pasa? ¿Pensáis que a ellos les importa un comino gobernar con un 20 por ciento del sufragio?

Cuando esto ocurre siempre me viene un episodio de mi juventud a la cabeza. Cursaba yo en Valencia por aquel entonces, séptimo de la extinta E.G.B, y no recuerdo el  porqué,  pero nada más comenzar el curso en Septiembre se convocó una huelga. Jueves y viernes. El caso es que nuestro tutor, un sacerdote de corte conservador, nos dio, a regañadientes, la opción de secundarla.

Por supuesto que yo con esa edad, poseía una habilidad innata para estar en la calle, y además, lejos de estar amueblada, tenía la cabeza en otras cosas en esos momentos de mi vida. Sobra decir que me cogí puente largo. Así lo veía yo, como unas vacaciones que me habían caído del cielo en forma de huelga.

El caso es que de una clase de veintidós alumnos, dieciocho hicimos lo que vulgarmente se llama, fuchina. Huelguistas pocos la verdad, nuestro colegio no era precisamente un caladero de reaccionarios. Éramos más bien, sinvergüencillas de poca monta que se apuntaban a un bombardeo.

El cabreo de nuestro tutor debió ser monumental al ver que tan solo cuatro pobres hombres de los veintidós acudían a clase. Por supuesto que obedeció las órdenes de la dirección del centro, más progresista que él, de permitir hacer huelga, pero nos planteó dos jugadas perversas, de las de viejo zorro de la enseñanza.

La primera de ellas un examen de inglés que contó para la evaluación. Pero la segunda, la que le salió rana, es la que traigo a colación de lo que hoy pretendo exponer. El viernes de marras, con un quórum de cuatro alumnos, se eligió al delegado de la clase. De entre los cuatro niños más repelentes del espectro para la mayoría, es decir, de los que habían acudido a cumplir como buenos alumnos.

El Lunes llegamos tan campantes, (aunque sabíamos de sobra que el destino nos deparaba alguna jugarreta), y nada más comenzar, a las nueve, nos llovieron lo que vulgarmente se llama, las ostias.

Luis María, así se llamaba el célebre cura, nos felicitó a todos los huelguistas, con su sonrisa socarrona, y a continuación pasó a leer las notas del examen sorpresa de inglés. Por mi apellido siempre era el primero:

‘Amat. No presentado. Cero’

Y así sucesivamente, hasta dar cuenta de todos nosotros.

No contento con esto, nos dijo que ya teníamos delegado de clase, Juan Pablo, el niño más repipi e insoportable que poblaba entonces nuestro universo, fue el elegido, en una jornada, más que sospechosa.

Todos nos contuvimos, aunque de forma inconsciente esperábamos como depredadores, el timbre que indicaba la media hora del recreo. Nuestro tiempo.

La postal os la podéis imaginar. Juan Pablo bajaba las escaleras sonriente, con una corte de traidores que lo protegía, sabedor de la pírrica victoria que le había otorgado el poder. Una victoria a todas luces legal. Pero para nosotros, no legítima. Una ofensa más bien.

Bastó que abriera la boca, tras increparle el primero de nosotros, para que le lloviera una somanta de tortazos colosal. En séptimo ya hay gente bastante crecidita y los sopapos dejan huella. Y en efecto, se lió la monumental.

Al niño le quedaron moratones. Llegó a casa y contó lo sucedido. Junta extraordinaria. Los padres del execrable Juan Pablo, ofendidísimos, fueron a quejarse al director del colegio… Hasta que emergió la verdad. La mayoría contó en casa como había sido la elección de delegado de clase, y sobre todo, topó con algunos padres progres que se unieron a la causa, porque no se había respetado el derecho de huelga.

¿El resultado? Llamada a filas al tutor de Séptimo C. Tirón de orejas por no respetar a los huelguistas. Repetición de las votaciones para delegado de clase. Otro niño mucho más ‘molón’ fue el que elegimos. Y en lo que a mí respecta. Pues el inglés suspendido cómo no.

En definitiva. Si nosotros fuimos aquel día una mayoría abstencionista abrumadora. Y aunque éramos claramente inconscientes de la exigua legitimidad del ganador, bastó un mínimo gesto para que, pese a la legalidad de su elección, provocáramos su destitución en un santiamén.

Sirva esto para tratar de visualizar, cómo caería cualquier régimen surgido de una legalidad más que dudosa, pero totalmente ilegítimo. Con cualquier incidente, por mínimo que fuera, sería derrocado.

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